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domingo, 20 de octubre de 2024

I. EL RELATO INVISIBLE

Hola amigos y amigas del mundo. Este club de lectura os propone realizar este sencillo y entretenido juego. Se trata de escribir un texto literario, una historia, de forma anónima. Tu creación impresa la meterás en una caja junto a la de tus compañeros y, por turnos, cada uno elegirá una de ellas al azar y la leerá en voz alta. Al finalizar las lecturas jugaréis a adivinar quién es su autor. Es otra vuelta de tuerca que te ayudará a conocer más sobre las personas que comparten contigo la afición de la lectura y la escritura.

En nuestro caso, pusimos dos condiciones que debían darse en todos los textos:

-tener un mínimo de 180 palabras

-comenzar con las palabras LOS ZAPATOS NEGROS

Podéis leer lo que resultó de este divertido ejercicio a continuación.


TENGO UN SECRETO 
    Los zapatos negros son lo primero que veo aparecer por el rabillo del ojo.
   Como cada noche me hago el dormido y aprieto los ojos con fuerza, en un intento de desaparecer; pero el fuerte olor que desprende, me golpea como una bofetada en la cara y vuelvo a la cruda realidad. El monstruo se acerca lentamente hacia mi cama y con sus tentáculos acaricia lentamente mi cuerpo. Yo tiemblo. El fuerte olor a pescado podrido, me hace sentir arcadas. Saca su lengua larga y babosa y muerde mi oreja. A mí se me eriza el cuerpo y me pongo tan tenso, que sé que mañana me pasaré el día con agujetas. Oigo su respiración trabajosa y cansada y en mi fuero interno, rezo para que le de un patatús y se muera. Muerte súbita.
    En clase he oído hablar de ello. Mi imaginación vuela hasta mi aula, primero A. La señorita Carmen nos imparte mates y ciencias. Ayer me preguntó si tenía algún problema, que me veía muy distraído y el motivo por el que mis notas han descendido. Yo quise explicarle que tengo un monstruo en casa; que me persigue, que me atormenta, y no me deja jugar tranquilo... y que me paso horas y horas llorando. Pero en cambio le sonreí, le di las gracias y le dije que todo estaba bien. Luego lloré, lloré mucho, últimamente noto un fuerte dolor en el pecho. Si no muere pronto el monstruo, quizás podría morirme yo. Mi madre está preocupada por mí. Siente que algo me ocurre, pero yo no puedo decirle nada. Sé que si hablo el monstruo iría a por ella, sin dudarlo. No puedo permitirlo. Ella no lo podría soportar, ahí está ya, ahí viene otra vez; de nuevo veo sus zapatos negros.
Mª Jesús Campos Escalona



AHORA YO
    Los zapatos negros solían estar junto a la cama, ella siempre tenía varios pares, ahora ya no está, pero me dejó los zapatos y una nota en ellos "siempre han sido tuyos", hoy he probado a ponérmelos sabiendo que son pequeños, pero sin abrochar me paseo con ellos por el salón, es extraño porque siento que son míos, que estaban predestinados a mis pies.
   Hoy por fin me decidí a entrar en la zapatería, “negros, abiertos y de un 42” el empleado dice que he tenido suerte, que no suelen llegar a esos números, le doy las gracias y le digo que a mi mujer le cuesta mucho encontrar zapatos, después de una media sonrisa me voy, deseando llegar a casa.
    El vestido me espera sobre la cama, fondo negro con flores de mil colores, y esas medias de redecilla que siempre me han vuelto loco, loca, siempre me han vuelto loca. Siento la suavidad del nylon acariciando mis piernas, me tiemblan las manos y alguna lágrima ya comienza a escaparse, el vestido me queda bien, casi siento el olor de las flores sobre mí, los zapatos son dos guantes en mis pies, ya hace rato que he dejado por imposible el controlar las lágrimas, me acerco al espejo del dormitorio. No sé el tiempo que estuve ahí mirándome, pensando en dejarme el pelo más largo, viéndome hermosa después de cuarenta años, sintiendo que, por fin, he nacido.

Rafa Núñez Rodríguez





    Los zapatos negros no eran sus preferidos, esa era su verdad. Los rechazó, aunque lucían relucientes con ese olor tan peculiar a piel que desprende un calzado nuevo. Negras también eran las zapatillas deportivas, y pensaba que para el caso era lo mismo.
    Hacía frío. La mañana despertaba metida en niebla, esa niebla tan autóctona de cuando los vientos de la mar empujan las humedades tierra adentro.
    Tuvo que esperar casi media hora en la puerta de la cafetería, no le importó. Ese día no tenía prisa ninguna.
    El café bien cargado con un poco de leche, como lo tomaba antaño, le trajo recuerdos pasados que más bien le parecían pertenecer a otra vida.
    El espejo del fondo, el que está junto a la caja registradora, le mostró un pelo cano que transformaba a pasos agigantados su antigua melena azabache.
    El camarero, ya entrado en años también transformó su trato a lo largo de interminables lustros encerrado en aquella jaula de tazas, cucharillas y mesas cada vez más desordenadas. Tornó su sonrisa y los buenos días por un gruñido casi inaudible.
    También las olas cada vez más sordas y los edificios nuevos que reemplazaban antiguas casas señoriales daban testimonio veraz de los cambios inmisericordes que esa vida le regalaba.
    La luna ya le urgía a poner fin a esa jornada, otra más, “u otra menos”, pensaba.
    Y también pensaba que hizo bien en rechazar los zapatos negros, le hubiesen hecho daño tras todo el día vagando en una ciudad en la que le parecía ser invisible.
    Tuvo suerte, junto al contenedor de basura encontró una caja que antes protegía un frigorífico. Se acomodó dentro del cartón mientras las luces del cajero automático parpadeaban otra noche más, u otra noche menos.
Antonio Mora



CONTANDO LAS HORAS 
    Los zapatos negros, relucientes bajo las luces del escenario, guardaban secretos que solo él conocía. Cada noche, el telón se alzaba y el público aplaudía sin imaginar que, tras la fachada de artista carismático, se escondía un depredador insaciable. La rutina era impecable: el brindis con Soberano, el humo denso que envolvía su mente y lo sumía en una euforia temporal, justo antes de salir a cazar.
     Las calles, impregnadas de misterio y sombras, se convertían en su coto de caza. Se acercaba a aquellas que, buscando amor o aventura, se dejaban llevar por su encanto. Aparentemente, él era solo un caballero en un mundo de luces. Pero, tras el velo de la dulzura, un oscuro deseo se manifestaba.
    Después de cada encuentro, el ritual era meticuloso. Una vez consumada su obra, el cuerpo quedaba oculto en el olvido, mientras él regresaba a su refugio, su camerino, con la satisfacción del artista que acaba de dar la mejor actuación de su vida. Era un ciclo perverso, una danza macabra entre la admiración del público y la oscuridad de su corazón.
    Con el paso de las semanas, la ciudad empezaba a murmurar. Desaparecían mujeres, y los rumores se esparcían como el humo de su cigarrillo. Pero él sabía que, mientras la ovación resonara en el teatro, su secreto seguiría a salvo. La siguiente ciudad lo esperaba, y con ella, nuevas víctimas. Así, la vida del artista se convirtió en un espectáculo sin fin, un juego mortal donde cada función lo acercaba más a su propia perdición.
Gema Frías Luque




LOS ZAPATOS NEGROS  
     Los zapatos negros del tacón infinito cogen polvo en un rincón. El negro siempre es buen fondo de armario, dicen, pero no se refieren exactamente a eso.
    En un arranque de organización, de esos que le dan de vez en cuando, había tirado todos los tacones de todos los colores, pero había dejado los negros, por si acaso, porque también eran parte de ella. Sin saber muy bien por qué, desliza un pie desnudo dentro y luego el otro y como en el mejor de los cines aparecen ante sus ojos imágenes de fiestas, bailes y muchas risas. El vértigo la hace bajar, "¿cómo podía yo bailar con esto?" Mira hacia las Convers blancas que la han traído hasta donde está ahora y sonríe al pensar que blancas, blancas no están. Cierra las puertas y se mira al espejo, las ojeras le llegan a las tetas y las tetas al ombligo pero ya no le importan esos detalles, está cansada, muy cansada y su cuerpo ha cambiado. Sobre todo también ha cambiado por dentro, está más perdida que nunca pero sabe que el camino con zapatos planos se hace más fácil.
Lidia Molina Zorrilla



POR LA ESPALDA 
    Los zapatos negros se acercaron hacia ella, le resultaban familiares esos zapatos, estaba segura de que los había visto antes, pero no recordaba dónde ni cuándo.
    No había sido buena idea saltarse las normas de su trabajo, nunca tenía que haber ido sola a investigar aquel asesinato ocurrido en esa nave industrial tan a las afueras de la civilización.
    Había llamado a su compañero de comisaria, Dionisio, para que la acompañase, pero saltaba el contestador y, tras dejarle un mensaje de adonde iba, condujo hasta el lugar.
   Allí, tirada en el suelo por el disparo, notaba cómo cada vez le costaba más respirar. De nuevo esos zapatos estaban delante de sus ojos cuando una voz le gritaba: ¡siempre te gusta meter las narices en todo, me has obligado a hacerlo, era o tú o yo! En ese momento todo cobró sentido, reconoció al dueño de esos zapatos: Dionisio.

Lourdes Sánchez Jiménez



PUÑETEROS ZAPATOS 
Los zapatos de charol que compré para ir a la boda,
fueron ejemplo de valor y de algo que incomoda.
Me guie por el estilismo, sin mirar el tacón de aguja,
solo vi un espejismo de elegancia y compostura.

Comenzaron a incomodar nada más salir de casa,
y sentí mis pies inflar dentro de aquella carcasa.

Al salir de la ceremonia, ya no me tenía en pie
y con mucha parsimonia, como pude disimulé.
Pero mi cara era un poema, todo el mundo preguntaba
si tenía algún problema y que si mal me encontraba.

Actué como pude hasta llegar a la cena,
y pedí que Dios me ayude para ponerme de nuevo en escena.

Me quité aquellos zapatos y los tiré bajo la mesa,
mis pies gritaban… ¡MALTRATO!, pero aún quedaban sorpresas.
Al comenzar el baile, mi cuerpo pedía marcha,
pero mis pies eran de fraile, ¡hasta tenían grietas!

¡Malditos zapatos charolados, os mando a hacer puñetas!
Pues mi alma pide baile y aunque sea descalza,
bailaré hasta que yo quiera,
y no hasta que me digan diez centímetros de alza.

Dori Calderón Ramos




Los zapatos negros soportaban una inmensa carga. Aunque también transportaban el peso de una ilusión, de un sueño por cumplir.
    Todos los días caminaba hacia su lugar de trabajo con esos mismos zapatos negros y un poco desgastados. No solo era el tiempo que empleaba en ir al lugar donde conseguía el sustento, sino también las interminables horas que permanecía de pie. La vida le había enseñado que siempre debía continuar, que el río seguía su cauce y que, al final, con esfuerzo y dedicación, los sueños se podían transformar en una maravillosa realidad
     Por eso, en cuanto terminaba su dura jornada laboral, Alma se dirigía presta a casa para comenzar su entrenamiento. Nadie en su sano juicio sería capaz de ir a entrenar después una intensa jornada laboral como la suya. A veces, tras verse reflejada en el espejo, creía que estaba loca, se miraba fijamente y pensaba - solo los locos cambian el mundo -. Ese pensamiento siempre conseguía que en su rostro se dibujara una amplia sonrisa.
     Su rutina al llegar a casa era la misma todos los días, comía algo ligero que le diera la suficiente energía, cambiaba la ropa oscura por ropa de deporte y se calzaba sus flamantes zapatillas de multicolor, en contraste a sus negros zapatos de trabajo. Usar esos intensos colores le daba un punto de felicidad a su rutina diaria.
     Una vez fuera del portal, al poner los pies en la calle, había oscurecido y el suelo estaba mojado, aún caía una fina lluvia. Inspiró profundamente hasta llenar los pulmones, el olor a lluvia siempre la reconfortaba. Echó a correr.
     Sus últimos resultados en carreras de larga distancia habían sido muy buenos. Aunque seguía siendo una corredora amateur, su entrenador le había dicho que debía mejorar un poco los tiempos para poder hacer realidad su sueño, ser una corredora profesional y poder dedicarse plenamente a ello.
     Ya llevaba un par de kilómetros recorridos cuando se apagaron las luces de las farolas, qué casualidad que estas averías tan comunes siempre ocurrieran en los barrios de la periferia.
     Las calles estaban vacías, lo normal a esas horas, y más teniendo en cuenta que estaba lloviendo, pero algo le decía que las cosas no iban bien. Su sistema simpático se activo repentinamente, ese instinto primario que conecta la señal de alarma interna. Un recuerdo le vino a la memoria. Alma no era una persona a la que le gustara seguir las noticias, pero siempre le llegaba algo, ya fuera por las redes sociales o en el trabajo, por lo que pensó inmediatamente en el asesino en serie que en los últimos meses tenía en jaque a la policía. Miró de reojo, a unos metros de distancia se percibía una sombra. Giró el cuello y observó una silueta alta y fuerte. Vestía totalmente de negro y llevaba chubasquero. Al principio, se alejó un poco, puesto que ella seguía su ritmo, pero al volver la vista atrás observó como la silueta aceleraba el paso hasta empezar a correr. Un grito se ahogó en su garganta, se le aceleró el pulso, pese a su entrenamiento, por un momento fue incapaz de que sus piernas fueran más rápido.
   Suspiró fuertemente, consiguió acelerar el ritmo mientras miraba desesperadamente a todas partes. No había nadie a quien pedir ayuda, había llegado al gran descampado que siempre atravesaba sin darse cuenta. Aceleró aún más y, poco a poco, la silueta se fue alejando. Giró hacia un atajo que la llevaba directamente a casa.
     Al llegar al portal, introdujo la llave a duras penas debido al temblor de sus manos, lo mismo le ocurrió al abrir la puerta de su piso. 
     Una vez dentro y con la puerta ya cerrada, se derrumbó entre lágrimas.
     Meses después, seguía sin ser capaz de salir a correr, aunque pensaba que eso mismo que tanto le gustaba hacer fue lo que le salvó la vida.
Pedro Chamizo Muñoz



LOS ZAPATOS ADECUADOS
―Los zapatos negros no combinan con todo ―me dijo sonriente mi compañera de piso.
―¿Y qué? ―le respondí yo con cara de pocos amigos―. Son los únicos zapatos cómodos que tengo.
―Bueno, haz lo que quieras, pero luego no digas que no te he avisado.
―No creo yo que unos zapatos vayan a determinar mi futuro laboral ―le contesté con un tono fuerte lleno de ironía.
―Bueno, ¡depende de para qué trabajo! ―refunfuñó mi compañera a la par que abría su armario y sacaba unos zapatos rojos con un tacón de infarto― ponte estos y conseguirás el trabajo, no fallan son mágicos.
Con esas palabras no pude negarme, me miré al espejo y efectivamente me quedaban de escándalo, estilizaban mi figura y me hacían sentir mucho más alta. Llegué puntual, me sorprendió que no hubiera nadie en la sala de espera, de pronto, escuché mi nombre y entré al despacho. La entrevista fue estupendamente, conseguí el trabajo, aunque se me hizo más tarde de lo que yo pensaba y el autobús que quería coger ya había salido. Empecé a caminar hasta otra parada, cuando me di cuenta de que alguien me seguía, aceleré el paso, pero con los tacones poco podía hacer, de pronto, se acercó un hombre encapuchado y me dijo que le diera el bolso, me quedé paralizada, intenté no mirarle a los ojos y le arrojé el monedero. Empezó a intimidarme acercándose cada vez más, entonces, me agaché, me quité un zapato y con todas mis fuerzas le hinqué el tacón en toda la cabeza, cayó inconsciente al suelo.
Entonces, aprendí lo importante que es elegir los zapatos adecuados.

Cande Molina Mostazo




UNA DE PIRATAS
    Los zapatos negros de Barba Roja bailaban al ritmo de la flauta del Capitán Garfio. Brindaron, hasta el amanecer con ron, ginebra, cerveza, vodka y con el agua del florero que había sobre el mostrador de la cantinera.
    Se prestaron juramento de eterna lealtad ante el mapa del tesoro, pero apenas uno de ellos salió a echar la pota, el otro huyó con el pergamino.
    El agraviado rastreó al mal amigo por todos los puertos para hacerle pagar su felonía, hasta que lo encontró en el burdel de mademoiselle Lilí. Tres tiros en la pierna de palo sufrió el infame traidor.
    Como la ley del mar todo lo perdona, al amanecer zarparon a buscar el tesoro, y mientras el pequeño bergantín surcaba el océano, un embravecido oleaje fraguaba la despiadada y feroz leyenda de dos hombres, que hallaban en su camarote el tesoro que tanto anhelaban; rompieron el mapa y se siguieron amando.
   La viril bandera negra ondeaba en el mástil de proa, mecida por la tramontana.

Laura Pérez Alférez



NATURALMENTE MUERTO
―Los zapatos negros tenían restos de aceite de coco. Dígame, ¿no vio a nadie con actitud sospechosa?
―Ya le he dicho antes que no. En el local todo era normal, la gente comía, conversaba, celebraba. Lo natural en un restaurante a las tres de la tarde.
―Pero alguien dijo que el camarero contestó con malos modales al señor de la mesa del fondo, ¿es cierto? ―inquirió el abogado al testigo.
―Bueno, el señor llevaba hora y media esperando para que le tomaran nota y protestó. El camarero le explicó que estaban faltos de personal, y que podía darle boli y papel para que escribiera él mismo su pedido. ¡Natural!
―¿Vio si el camarero discutió con alguien más? ―preguntó el letrado.
―No, con nadie, solo sacó a rastras del brazo a una chica que se había colado tras la barra a servirse cerveza del grifo. No hubo discusión.
―Bueno, no cruzarían palabras, pero se podría considerar como un enfrentamiento, ¿no cree?― le apuntó el abogado sarcásticamente.
―La chica fue muy educada y el camarero, por su parte, no hizo movimientos bruscos para que no derramase las dos copas que llevaba en las manos. Natural, después le hubiera tocado a él limpiar el estropicio.
―¿Y qué me dice sobre el problema con la confusión de platos?
―Eso quedó resuelto, yo mismo vi cómo el camarero le pedía disculpas a la anciana por haberle puesto el pollo a la mostaza con almendras. La señora se ahogaba en su propia emoción y se le hinchaban los ojos al reprimir las lágrimas, ni las palabras le salían. Lo perdonaba de corazón, se lo dio a entender llevándose las manos al pecho enérgicamente.
―¿Pretende hacerme creer que todo fue un cúmulo de desafortunadas casualidades? ¿El traumatismo craneal, la lesión en la mano con un tenedor de carne y los hematomas en todo el cuerpo?
―Todos vimos cómo resbaló, se golpeó con varias sillas y cayó finalmente llevándose tras de sí el servicio de una mesa en la que reposaba un lechón al horno. Es natural sufrir accidentes laborales en ese tipo de trabajos.
―¿Y el cuchillo de mantequilla clavado entre las costillas hasta el puño?
―Natural. Muerte natural.
Mª Carmen Jiménez 

jueves, 30 de mayo de 2024

XXVI. ME LO DICES O ME LO CUENTAS

  


    Saludos, lectores y lectoras del mundo. Aquí tenéis otro ejercicio de microrrelatos por palabras. Para quien no conozca las pautas a seguir, las recordamos:  

-Elaborar un microrrelato de 180 palabras como máximo (sin contar las del título), en el que incluyamos diez términos, elegidos al azar por miembros del club. 

-Cuando la palabra elegida es un verbo (amar, verter, salir...), puede utilizarse en cualquier forma, tiempo o persona.

- Si la palabra elegida no especifica su función, podremos utilizar cualquiera de las que nos proponga la RAE para dicho término.

-Si el término elegido es un sustantivo o adjetivo podremos usar tanto el masculino como el femenino, y en singular o plural, según convenga. 

-No se debe utilizar una palabra cambiándole la función que debería desempeñar en el texto (el adjetivo "amable" no se puede sustituir por "amabilidad", porque entonces lo convertimos en sustantivo).

    Para este ejercicio los términos elegidos han sido: GARBANZO, PUNTUALIDAD, PEDALEAR, CERVEZA, DESEO, RIZO, SOMBRA, HIJO, PASEO y PARRA.

    Os animamos a practicar este ejercicio y nos encantaría que compartierais con nosotros el resultado. Si os apetece podréis verlo publicado justo debajo de estas líneas, junto a los nuestros, que os servirán como ejemplo. Que disfrutéis de la lectura.



Mª REMEDIOS PÉREZ MARTÍN
MIRANDO ATRÁS
    “Yo he criado a siete hijos. El último fue una hembra, por fin; no iba a quedarme con el deseo de tener una niña.
    Eran otros tiempos; yo creo que éramos felices, aunque entonces no nos dábamos cuenta. Mi marido trabajaba mucho y yo también. Quizá por eso teníamos poco tiempo para pensar en ese tipo de cosas. Poníamos una olla con garbanzos y a comer todos de ahí. A mí me gustaba la cerveza y, a veces, me tomaba alguna sentada bajo la parra. Lo digo porque era una cosa rara, una mujer bebiendo.
    Mi marido iba al trabajo con su bicicleta, pedaleando, siempre puntual.”
    Amalia se concentraba en su redacción como una niña buena, con sus setenta y dos años y sus rizos recogidos en un moño, dejando ver en sus ojos una sombra de tristeza. Un breve paseo la llevaría de vuelta a casa hasta la clase del jueves siguiente.


LAURA PÉREZ ALFÉREZ
EL PACIENTE 
    Una cualidad de José es su puntualidad. Hasta el centro de salud hay un paseo largo que José recorre pedaleando en su vieja bicicleta.
    Dice en recepción que viene a urgencias por un resfriado.
    —Doctor, hoy es mi cumpleaños.
    —¡Felicidades!
    —Éramos seis hermanos, pero ya estoy solo, el último se murió hace unos meses.
    Noto su tristeza, su soledad, no viene a la consulta por un catarro, veo pena en sus ojos.
    —Mi hijo viene casi todos los fines de semana, el mes pasado estuvo aquí dos veces. Guardo cervezas en la nevera, cuando venga comeremos a la sombra de la parra. Pondré un puchero con garbanzos, que sé que le gusta, como se lo hacía su madre, que en gloria esté.
    Saca un pañuelo, se limpia los ojos y repite ese tic de apartarse un rizo inexistente en la frente. Me cuenta su deseo de volver a subir a la Maroma, y que a sus ochenta y pico años, jamás ningún invierno ha visto menos nieve en la sierra, como este año.
    Se despide, mañana volverá, puntual, como cada día.


BENET DA SILVA
CUÑA DE TU PROPIA MADERA
    Como cada domingo, y con puntualidad inglesa, nos reunimos en torno a la mesa, aunque en esta ocasión no era solo un encuentro familiar ya que se agregaron varias amistades.
    Todo empezó una mañana mientras pedaleábamos mi hijo y yo. De pronto, él detuvo el paseo porque necesitaba sentarse a descansar a la sombra de unos pinos. Fue cuando me propuso rizar el rizo en el menú dominical del siguiente fin de semana. Su descabellada sugerencia consistió en un duelo culinario, dada nuestra común profesión, con la premisa obligatoria de que uno de los platos debía incluir garbanzos.
    Conforme iban sucediéndose los platos, el gesto de satisfacción entre los invitados era más que evidente. En particular cuando degustaron la elaboración cuyo ingrediente principal era hojas tiernas de parra, además del maridaje del plato con distintos tipos de hidromiel, bebida considerada como la precursora de la actual cerveza.
    Los comensales emitieron su veredicto; en esta ocasión no dolió por ser la cuña de la propia madera.


CANDE MOLINA MOSTAZO
DESVELOS
    Aún las sombras del pasado aparecen como desagradables pesadillas. Estoy cubierta de hojas de parra húmedas y frías, los ruidos y gritos me aterran, intento pedalear lo más rápido posible para esconderme de los pasos que se acercan, deseo con todas mis fuerzas hacerme invisible, tras un golpe fuerte veo al monstruo sentado junto a charcos de vómito de garbanzos y cerveza. Con puntualidad me despierto temblando siempre a las tres de la mañana. El insomnio me hace dar paseos por el salón. Mi hijo me llama, tiene sed, me gusta acariciar sus rizos pelirrojos mientras se vuelve a dormir. Miro a través de la ventana, ella tampoco puede dormir, lágrimas de gratitud y tristeza ruedan por mis mejillas, la llamada telefónica de mi vecina nos salvó del monstruo, pero su hija no tuvo esa suerte.


MONSE MARTÍNEZ SERRANO
ROJO VIVO 
    Cuando nuestro bebé tenía el tamaño de un garbanzo, sentada a la sombra de la parra, el deseo de que todo saliera bien aplastaba el vacío de tu ausencia. Pasé el embarazo con los dientes apretados, saliendo de paseo sin puntualidad y sin rumbo, pedaleando furiosa hasta que mis rizos quedaban pegados a mi sudorosa frente.
    Dos semanas antes de salir de cuentas, el mismo semáforo que aquel desgraciado empapado en cerveza se saltó como si fuera verde, volvió a ponerse en rojo. Me paralicé, bajé de la bici y lloré por primera vez desde el accidente. Y con las lágrimas, llegó también una contracción, la primera.
    En menos de una hora, nuestro hijo nació, aferrándose a la vida en el mismo lugar en que a ti te la robaron.


ENCARNI NAVAS
MADRE
    Al mirar atrás, la vieja parra del jardín le devuelve las sombras del pasado, cierra los ojos y se ve pedaleando. Debía llegar con puntualidad para felicitar a su madre por aquel potaje que tan bien cocinaba. No era un buen hijo, nunca quería almorzar legumbres, no le gustaban, prefería tomar unas cervezas con los amigos, aunque eso le acarreara largos paseos. Ahora que su madre ni cocina, ni peina sus rizos, ni siquiera lo recuerda, le aprieta la necesidad, el deseo de comer aquel guiso de garbanzos.


Mª CARMEN JIMÉNEZ ARAGÓN
MAL EMPEZAMOS 
    Una sombra se cernió sobre Susana aquella tarde. El deseo de agradar a su futura nuera la hizo pedalear con más brío, pero el paseo de seis kilómetros hizo mella en sus fuerzas y volvió a hacer gala de su poca puntualidad, la joven seguramente lo interpretaría como una actitud desafiante.
    Su hijo terminaba la tercera cerveza cuando la vio llegar y le clavó una mirada de reproche; la chica, muy mona ella, ahuecaba sus rizos con un aire de superioridad y victoria en el gesto, pues ya se había encargado de clavar la espinita de ‘mala suegra’ en la conciencia de su enamorado. Susana comprendió al instante que esta se había subido a la parra a la primera de cambio y que sería el garbanzo en su culo durante mucho tiempo. Por delante le quedaban muchos bocados en la lengua con tal de que su hijo no se enterase de que la diabla lo había elegido para fastidiar a su jefa. Mal empezaban.


LIDIA MOLINA ZORRILLA
NUNCA ES SOLO TRABAJO 
    Con puntualidad llegaba en cada visita a los pies de la incubadora.
    Un deseo compartido "quiero ver a mi hijo en su capazo a la sombra de mi parra... y después pedaleando por el patio..." Te avisaré para dar un paseo y tomaremos una cerveza.
    Yo miraba su pequeñísima carita enmarcada en rizos para no olvidarme de él por si crecía y no lo podía reconocer.
    Sin esperanzas.
    En mi siguiente turno en la UCIN la incubadora vacía inundó mis ojos.
    Ya no recuerdo a la madre, pero aquella naricilla de garbanzo se quedó en mi memoria para siempre.


LOURDES SÁNCHEZ JIMÉNEZ
ME PIERDE EL AMARILLO 
    En qué momento se me ocurrió dar aquel paseo, con lo tranquilo que estaba yo junto a esa cerveza a la sombra de la parra. Por qué no tuve el deseo de seguir allí, escuchando la conversación telefónica del ciclista del rizo en la frente que decía que a lo mejor no llegaba a la hora de comer los garbanzos, que la puntualidad no era una de sus virtudes. Pues no, no me quedé allí tranquilo, aquella camiseta amarilla me llamaba. Cuando comenzó de nuevo a pedalear me agarré tan fuerte como pude a esa camiseta, tanto que me dolían las patas delanteras y mis alas vibraban, pensando en todo momento cuándo se pararía este hijo de puta…


DORI CALDERÓN RAMOS
REENCUENTRO
    Te espero mientras picoteo unos garbanzos tostados. Ya voy por la segunda cerveza, la puntualidad nunca fue tu virtud.
    A mi lado, una señora vocea a su hijo que pedalea por esta terraza cobijada por una hermosa parra y pienso en marcharme, pero recuerdo el paseo sin sombra hasta llegar aquí y abandono la idea.
    Mi deseo de volver a verte supera todas las adversidades. Recuerdo tu sonrisa, tu voz, tus rizos alborotados, tu delgado cuerpo... Han pasado diez años y una sola llamada bastó para encenderme.
    En la mesa de al lado, un hombre entrado en kilos me sonríe, hace rato que se quitó el sombrero dejando al aire su calvicie, creo que también espera a alguien que tarda como tú.
    A la tercera sonrisa le miro a los ojos y un escalofrío recorre mi espalda... ¡Esa mirada es inconfundible!


MAITE DE LA CÁMARA
EXTREMADURA 
    Juan le compró la primera bicicleta a su hijo Iván para que llegase con puntualidad al colegio. Vivían en Valencia del Ventoso, un pequeñísimo pueblo perdido en Badajoz, en una finca plantada de viñas. El día que la estrenó, Iván estaba muy ilusionado. Se inscribió en un club ciclista patrocinado por una marca de garbanzos. Cada día entrenaba por el paseo de su pueblo y sus paisanos le vitoreaban y animaban al verlo pedalear. El deseo de Juan, apodado "el Rizo de Plata" por quedar, en su época, siempre en segundo puesto, era que Iván ganase el tour de Francia.
    Décadas después, mientras tomaba una cerveza a la sombra de la parra, no podía creer lo que estaba viendo en el televisor, era su hijo en el podio festejando con cava extremeño; comenzaba su andadura.


ULLA RAMÍREZ
DEMASIADO TARDE 

    Tal vez en otro momento, padre. Pero ahora no. Ahora voy a ser el garbanzo negro de la familia que no acude con puntualidad allí donde se le espera; ese mal hijo que desprecia el cargo de gerente que me ofreces en tu prestigiosa fábrica de cerveza, donde podría llegar a ser un hombre de éxito, como es tu deseo.
    Pero ahora no. Porque ahora quiero pedalear hasta el pico más alto de mis sueños y vivir mi propia carrera.
    Tal vez vuelva luego demasiado tarde, tras un paseo desigual por la vida. Pero solo entonces podré sentarme tranquilo en la puerta de tu casa, a la sombra de tu parra, frente al mar, contemplar la belleza de los rizos que el viento provoca en las olas y recordar sin angustia aquel día en que me quisiste enseñar a nadar. No me ofrecías tu mano cuando me hundía y me ahogaba. Aún recuerdo la sirena de la ambulancia y el llanto de mamá a mi lado. Esperaste demasiado para salvarme.


RAFA NÚÑEZ RODRÍGUEZ
LA ETERNA PEDALADA
    Hace ya dos años que sigo el deseo de mi hijo, dejé las tardes de cerveza bajo la parra del porche y empecé a pedalear. Sabía que estaba preocupado por mi salud. Y desde entonces, salgo con puntualidad a mi paseo vespertino, cada día me siento más rápido. Recuerdo mis pedaladas diarias, cada curva, las bajadas, notar la velocidad atravesándome la piel, el silencio del asfalto… Nunca imaginé que iba a disfrutar tanto del deporte.
    Y al pasar por esa recta, que siempre está envuelta en sombras, me gusta ver a mi pequeño, con sus rizos, cada día más mayor, cada semana cambiando ese ramo de flores. Antes, para hacerle rabiar, me gustaba decirle que era mi pequeño garbanzo en el zapato; ahora no se imagina la rabia que me da a mí no poder pararme.

lunes, 22 de junio de 2020

SEMANA CULTURAL DE LA VIÑUELA 2013.



Una de nuestras aficiones más constantes es la escritura y varios miembros del Club han sido merecedores de premios locales de escritura. Trataremos, a lo largo de estos meses, de transcribirlos en este espacio de modo que queden almacenados y tengáis acceso a su lectura. 
En esta ocasión recordaremos al ganador de la edición de 2013 del premio de Relato Breve, organizado por el Excmo. Ayuntamiento de La Viñuela, con motivo de la Semana Cultural, Rafa Núñez Rodríguez, con su relato titulado "MIS MANOS". El tema propuesto por la organización en esta ocasión fue "UN EMBALSE DE CUENTO"


MIS MANOS

Me froto enérgicamente las manos, siempre me quedan restos entre la agrietada piel y los bordes de las uñas, qué rabia me da. Me hecho un poco de agua sobre las manos, tengo que dejar de morderme las uñas.

Las piernas se me empiezan a clavar en el fango y voy sintiendo el frío del agua desentumeciéndome los músculos de las piernas. Me relajo tanto después de hacerlo, un día de estos me voy a quedar clavado como un faro en mitad del pantano.

De repente escucho un ruido ajeno a mi mundo, vuelvo la cabeza rápidamente. Observo alrededor, veo los pinos que me miran con indiferencia, cerca una pequeña isla de eucaliptos se retuercen cada vez que me ven, mueven sus hojas señalándome, culpándome de sus pesadillas, y a sus pies una barbacoa, pálida como los huesos que alimentan las flores que la rodean, me grita con sus dientes podridos, me escupe maldiciones mezcladas con cenizas. Tiene más hambre, bajo sus entrañas está enterrada, creo que fue la tercera, que trabajo me costó cogerla. Corría tanto que estuve varios días con agujetas. Corría y corría, me miraba asustada y corría, sin embargo no gritaba, no abrió la boca ni cuando mi hacha atravesó sus nerviosas ideas.

Fue fantástico, de las mejores presas que he cazado. Ojalá encuentre pronto otra parecida, es cada vez más difícil paladear buena carne.

Inspiro profundamente y miro el horizonte, casas de campo, olivos, aldeas, y el crepúsculo enrojeciendo las frías aguas.

Bueno, tengo que ponerme a trabajar, es mi primer hombre y me va a dar un par de horas el despiece. Miro a la orilla y veo el cuchillo lamiendo las últimas gotas de sangre que resbalan hacia la empuñadura. Vaya se me ha olvidado la pala en el coche, hoy se me va a hacer de noche aquí. Bueno, Marta ya hace tiempo que no me pregunta el por qué de mis tardanzas.

Me froto enérgicamente las manos, siempre quedan restos entre la agrietada piel y los borde de las uñas.

domingo, 21 de junio de 2020

SEMANA CULTURAL DE LA VIÑUELA 2015.




Una de nuestras aficiones más constantes es la escritura y varios miembros del Club han sido merecedores de premios locales de escritura. Trataremos, a lo largo de estos meses, de transcribirlos en este espacio de modo que queden almacenados y tengáis acceso a su lectura. 
En esta ocasión recordaremos a la ganadora de la edición de 2015 del premio de Relato Breve, organizado por el Excmo. Ayuntamiento de La Viñuela, con motivo de la Semana Cultural, María del Carmen Jiménez Aragón, con su relato titulado "TRABAJO CUESTA VIVIR",  la temática propuesta por la organización fue "MI PROFESIÓN IDEAL"


TRABAJO CUESTA VIVIR

   "Con la falta que hacía que esta vez hubiera sido un niño", pensó Antonio. Pero no. "Otra niña... Una niña muy bonita" y se le iluminó la cara.

  ¿Quién iba a ayudarle a coger las aceitunas cuando llegase la temporada? ¿Quién le ayudaría a cargar y arrastrar los toldos? ¿Y a varear? ¿Quién se subiría a esos olivos tan altos cuando él ya no estuviera en "paraje" para hacerlo?

   Pero no podía evitar la sonrisa en su boca cada vez que volvía de un largo día de trabajo y veía a sus tres hijas jugando y corriendo junto a los eucaliptos.

   Pasaban los años y las niñas se convertían en mujercitas. La mayor ya andaba comprometida, con un buen muchacho del pueblo. Era ley de vida que formara su propia familia.

   La pequeña de las hermanas, ya a una edad muy temprana, había encontrado su verdadera vocación. La enseñanza. Se encontraba como pez en el agua cuando estaba rodeada de libros, lapiceros, pizarras y pequeños estudiantes.

   Antonio seguía lamentándose por no haber tenido un hijo varón que lo ayudara en el duro trabajo del campo. Fuera como fuese, amaba a sus hijas y llevaba una vida normal, como cualquier otro del pueblo. Recolectar aceitunas, cavar y sembrar el huerto, la vendimia en su tiempo, cuidar del mulo, su fiel ayudante Hipólito, que cargaba con todos los aperos y el frugal almuerzo para echar otro día de trabajo.

   Amalia, la esposa de Antonio, tampoco se quedaba dormida en los laureles. Preparar la comida para los que quedaban en casa y los que salían a trabajar. Asear la casa. Encargarse del corral, las gallinas pedían poco y daban mucho a cambio, qué menos que darles un par de vistazos al día. Hacer la colada, que solo ir hasta el lavadero público y volver con los trapos empapados ya era un gran trabajo; y un sin fin de quehaceres diarios.
   Pero todo cambió cuando Antonio cayó gravemente enfermo. Llevaba dos días en cama cuando María, la segunda de las tres hermanas, tuvo claro lo que tenía que hacer.
   No hacía mucho que había amanecido cuando Amalia fue a llamarla al cuarto de al lado para despertarla y se encontró con su catre vacío. La desesperanza en los ojos de su padre y la incertidumbre en el rostro de su madre fueron el detonante para cambiar la rutina diaria de la muchacha.
   Había decidido irse al campo y hacer el trabajo que su padre ahora no podía. La determinación que mostraba asombró a toda su familia.
   Se levantaba con el cielo oscuro y preparaba todos los arreos. Cargaba el mulo y andaba por caminos polvorientos y desérticos durante kilómetros. Cuando llegaba a su destino apenas empezaba a clarear el día. De rodillas iba cogiendo aceituna por aceituna y cuando ya no le cabían en las manos las lanzaba a la espuerta siempre un metro por delante de ella. Lo había visto hacer muchas veces a su padre, a sus tíos,... No perdía el tiempo en sacar esa piedra que le molestaba bajo la pierna o en apartar esa esparraguera que le arañaba las manos. Así, muy poco a poco se llenaba la espuerta. Y una vez llena la cogía y la vaciaba en un saco de pita para volver a empezar a llenarla. Había días más duros que otros, como aquellos en los que comenzaba a caer una fina llovizna y se calaba hasta los huesos; o aquellos en que el viento traía el gélido aliento de las nieves cercanas. Pero conseguía terminar la jornada y, exhausta, cargaba a Hipólito como podía y volvía al pueblo dejando en la almazara los pesados sacos.
   Desde entonces tuvo claro que su vida era el campo y su recompensa sentirse útil para su familia. Cavar la viña, cortar sierpes, descapotar almendras,... Todo atraía su interés y se esforzaba en hacerlo bien y mejorarlo.
   Su padre no podía sentirse decepcionado por no haber tenido varones como era habitual antiguamente. "Pero, ¡qué trabajo cuesta vivir!"
   Basado en una historia que bien podría ser real.


Paralelamente a ser ganadora del Concurso de Relato breve, M. Carmen Jiménez Aragón también fue ganadora del Concurso de Fotografía del año 2015, el tema propuesto por el Excmo. Ayuntamiento de La Viñuela fue "EMPLEO Y OPORTUNIDAD"

sábado, 13 de junio de 2020

SEMANA CULTURAL DE LA VIÑUELA 2017.


Una de nuestras aficiones más constantes es la escritura y varios miembros del Club han sido merecedores de premios locales de escritura. Trataremos, a lo largo de estos meses, de transcribirlos en este espacio de modo que queden almacenados y tengáis acceso a su lectura. 
En esta ocasión recordaremos a la ganadora de la edición de 2017 del premio de Relato Breve, organizado por el Excmo. Ayuntamiento de La Viñuela, con motivo de la Semana Cultural, María del Carmen Jiménez Aragón, con su relato titulado "¿DRÁSTICO DETONADOR?". El tema propuesto por la organización en esta ocasión fue "LA VIÑUELA EDUCA"


¿DRÁSTICO DETONADOR?
     ¡Qué lata! Las once y media aún. Que mañana más larga. Mi maestra está corrigiendo los ejercicios y mis compañeros empiezan a elevar gradualmente el murmullo. Sin pensarlo me levanto y voy hasta la mesa de María. Quiero preguntarle si sabe algo más sobre aquel chico del que hablaban ayer en el patio. Siento una indignación infinita por lo que le ha ocurrido.  Aunque no lo conozco de nada, las injusticias me matan. No tengo palabras.
     -María, ¿sabes algo nuevo sobre ese chico? –Ni si quiera sabemos cómo se llama.
     -Dice mi madre que sigue igual. Ayer hizo cuatro días que está en coma y no saben qué camino puede tomar la situación. –La madre de María es enfermera en el hospital y precisamente estaba de guardia el día que entró por urgencias el chaval.
     Mi maestra ha terminado de corregir y vuelvo a mi sitio. Cuando nos dice que quedan diez minutos para terminar la clase y que podemos aprovecharlos para adelantar deberes, si queremos, no lo pienso dos veces. Levanto la mano y hago la pregunta.
     -Maestra, ¿podemos hablar de lo que pasó el otro día en el recreo?
     Claro, incluso estamos pensando en organizar un debate entre varias clases. Podría ser productivo.
     Algunos de mis compañeros asintieron con la cabeza, otros se encogieron de hombros. Será interesante ver los distintos puntos de vista y opiniones.
     -Maestra, ¿por qué a esos salvajes no los han metido en la cárcel y sólo los han cambiado de colegio? –Me atrevo a ser el primero en preguntar.
     -No es un colegio. Es un centro de menores a donde los han llevado. No pueden ir a la cárcel porque son menores de edad todavía.
     -Pero maestra, ¿yo no entiendo por qué son menores para entrar en la cárcel y “mayores”, o al menos ellos se creen así, para imponer a los demás sus normas, o humillar a la gente sólo porque se diferencian de ellos en algo? –La rabia me hace apretar los puños y se me clavan las unas en las palmas de las manos.
     Mi maestra, en cambio, está muy serena. Se levanta de la silla y, rodeando la mesa, se sienta en una de las esquinas. Nos mira con esa mirada comprensiva y amorosa que le veo muchas veces a mi madre, y dice: -La solución a este problema y a muchos otros que veréis a lo largo de vuestra vida es la misma. Se llama educación. La educación lo es todo. Lo más importante que posee toda persona. No sólo la que se da aquí en asignaturas, sino la que adquirís cada día de la vida en vuestras casas, en la calle, con los amigos, a través de la tele,… Todo es educación. Vosotros sois jovencitos aún, pero dentro de algunos años, cuando ya no estéis en el colegio, seguiréis educándoos, sin daros cuenta. Durante toda la vida.
     -Sí maestra, pero esos chicos están recibiendo educación en el colegio igual que yo, y a mí no se me ocurriría hacer lo que ellos hicieron. –Contesta un compañero.
     -Por supuesto que no, ya lo sé. El problema surge cuando alguno de los pilares que sostienen la educación falla. Irremediablemente el edificio termina viniéndose abajo tarde o temprano. En su entorno, algún pilar debe no ser muy estable. No penséis que estoy intentando justificar lo que han hecho, sólo quiero que veáis cual es la importancia de la educación, no sólo académica, sino educación en valores cívicos, valores morales, en tolerancia y respeto. Esa educación empieza el mismo día que nacemos. Os la enseñan todas las personas que os rodean. Familia, maestros, amigos, medios de comunicación,…Incluso el señor desconocido que entra después que nosotros a la panadería y da los buenos días a los presentes y las gracias antes de irse.
     Yo escucho atentamente y pienso en qué momento esos chicos habrán recibido una lección errónea en su educación que los ha llevado a ser las personas que son ahora. Cuál de los pilares será el que les está fallando.
     -Maestra, ¿es posible reparar uno de los pilares cuando te das cuenta que está “agrietado”? –Pregunto, aunque creo que estaba pensando en voz alta.
     -Por supuesto. Todo se puede reparar. Cuesta mucho trabajo por parte de todos, pero con paciencia nunca es tarde para adquirir una buena educación. –Contesta.

     Está sonando la sirena y nos levantamos para cambiar de clase. La mañana transcurre con normalidad. Pero en mi cabeza no paran de ir y venir ideas.
     Ya en casa le cuento a mi madre la charla que hemos tenido en el colegio y parece estar de acuerdo con mi maestra.
     -Cielo, en este pueblo tan pequeño todos nos conocemos y sabemos que a esos chicos le falla más de un pilar. Pero hasta que no sean ellos los que quieran poner remedio, a los demás se les va a hacer muy difícil hacerlo. Tienen que ser conscientes de la gravedad de sus actos. Quizá ahora que no están en sus casas, con su familia, durmiendo en sus camas, puede que empiecen a pensar en ello, pero creo que hace falta un detonador más potente, mucho más potente para que echen abajo ese edificio ruinoso y construyan uno con buenos cimientos, sólido, estable,…
     Yo miro a mi madre y pienso en lo que me dice, aunque no estoy seguro de captar todas las metáforas. En ocasiones se le olvida que sólo tengo doce años y me cuesta seguirle.

     Dos días después empiezo a comprender lo que me había dicho mi madre. El chico que está en el hospital ha empeorado. Los médicos deben operarlo a vida o muerte, dice María. Los responsables de que él esté así se enteran, por sus familiares, de que sus posibilidades de sobrevivir son mínimas. Si de alguna manera logra salir de la operación, las secuelas podrían ser bastante graves. Sienten una presión muy fuerte en el pecho. No suelen hablar mucho desde que están en ese lugar. Pero cruzan la mirada y saben perfectamente cómo se siente el otro. Nunca pensaron que pudieran verse en una situación así. Esa es la cuestión, que nunca pensaron. Ahora darían el resto de días que les quedan por vivir a cambio de borrar la última semana. Que todo esto no hubiera pasado. Así se lo transmiten a los padres del muchacho en la sala de espera del hospital. El detonador se ha accionado.
     Han pasado muchas horas. Demasiadas horas. Pero por fin sale el médico con buenas noticias. Esos chicos siguen en el hospital, aun después de haber recibido reproches, desprecio e insultos. Saben que no podía ser de otra manera. Es lo menos que pueden hacer. No han visto los ojos de una madre llorar tanto. Y ahora que las lágrimas son de alegría y alivio, ellos también lloran de arrepentimiento y vergüenza. El detonador se ha accionado.
     Unos meses más tarde he sabido que esos chicos son ahora voluntarios en el centro de acogida para menores. Ayudan a los profesionales y colaboran en las charlas de concienciación. Y mientras vuelven a levantar su “edificio”, enseñan a otros chicos como reparar los suyos. Porque la enseñanza es la clave de todo.

lunes, 25 de mayo de 2020

SEMANA CULTURAL DE LA VIÑUELA 2018.

Una de nuestras aficiones más constantes es la escritura y varios miembros del Club han sido merecedores de premios locales de escritura. Trataremos, a lo largo de estos meses, de transcribirlos en este espacio de modo que queden almacenados y tengáis acceso a su lectura. 
En esta ocasión recordaremos al ganador de la edición de 2018 del premio de Relato breve, organizado por el Excmo. Ayuntamiento de La Viñuela, con motivo de la Semana Cultural, Rafa Núñez Rodríguez, con su relato titulado "261" la temática propuesta  por la organización fue: LA VISIBILIDAD DE LA MUJER EN LA CULTURA Y EL DEPORTE.

"261"

Miro el reloj de la mesita de noche, aún faltan veinte minutos para las siete. No he podido dormir mucho esta noche, quizás los nervios empiezan a apoderarse de mi. Ayer estaba muy tranquila, fui a por el dorsal, puse mis iniciales, una firma y ahí estaba mi dorsal, el 261. Me atravesó un pequeño escalofrío y sin más me fui a la peluquería, tenía que recortar un poco mi melena, no es que la tenga muy larga, pero un poco había que quitar por si acaso. Veía como caían los pelos al suelo, a cada tijeretazo me acercaba más a mi sueño y al terminar me miré al espejo y una suave sonrisa surcó mi rostro. Pues me quedaba bien. Después me fui a casa, quería tener un día tranquilo, correr unas horas por la tarde y luego Tom se vendría para darme unos masajes relajantes, tenía que intentar descargar tensión.

Ahora ya es el día, Tom sigue dormido, yo me levanto y me voy a la cocina, una infusión caliente me vendrá bien. Miro por la ventana, los copos de nieve se agolpan contra el cristal, parece que huyan de la ventisca, habrá que abrigarse, me pondré el chándal gris con la capucha, espero que el viento no me deje la cabeza al descubierto. Escucho ruidos en el dormitorio, habrá que ir preparándose para la carrera.

Miles de personas nos apretujamos en la línea de salida, el frío cala hasta los huesos y me siento agarrotada, menos mal que estoy bien acompañada. Tom a un lado y al otro Amie, con esa eterna sonrisa, me da ánimos después de meses corriendo juntos. Hoy es la prueba definitiva, me hubiese gustado que también estuviese Roberta, la vi cuando veníamos hacia aquí, me saludó de lejos y me guiñó un ojo. Ella ya había finalizado la carrera un par de veces, es una corredora increíble, el año pasado hizo una marca de 3:37. Una marca imposible para mí, pero no la he podido convencer de estar aquí. Ella se une al grupo pasados unos quinientos metros, sale de unos arbustos de una esquina del parque y nadie repara en ella. Y si algún juez la ve no le hace mucho caso, al no llevar dorsal no cuenta para la organización.

El disparo me pilla de improviso y doy un pequeño respingo. Tom suelta una carcajada y comenzamos a movernos, al principio como una lenta ola de piernas que se mecen al unísono. Noto algunos empujones, codazos, todos queremos hacernos sitio en la calle para no tropezarnos y evitar problemas.

El cartel de kilómetro 5 ya queda atrás, llevamos un ritmo más bien tranquilo, a mis chicos los veo muy sobrados, pero hoy están aquí por mí y yo marco la velocidad. Ahora ya podemos estirar las piernas sin tropezarnos con las de otros corredores. Lo peor, por ahora, es el viento helado que nos abofetea la cara, vamos intentando resguardarnos corriendo en pequeños grupos.

Kilómetro 15, mantenemos el ritmo. Amie parece que va de paseo, a veces hasta me va dando conversación. Yo sigo concentrada en mi respiración y en el camino, alguna rápida mirada hacia el público. Es increíble como en este tiempo puede haber gente en la acera sin parar de animarnos, no sé quién tendrá más mérito. Vuelvo a centrarme en el corredor que llevo delante.

Hace un rato que pasamos el letrero de 30 km y ya comienzo a notar la fatiga. Al menos el viento ha amainado y no nieva desde hace rato. La capucha de la sudadera no para de jugar conmigo, dejando al desnudo mi sudorosa cabellera. Algunas personas me miran y me señalan extrañadas, por suerte los demás hombres vamos por la carretera diseminados, como una larga serpiente de sudores, respiraciones forzadas y ojos brillantes. A mi izquierda veo acercarse el autobús de la prensa y, cómo no, alguno comienza a señalarme y los flashes comienzan a dispararse, pero ya me es igual, yo sigo centrada en mi carrera. No escucho los gritos, o incluso algunas burlas machistas. Tom se acerca un poco más, noto casi su corazón latiendo a la par del mío. Bueno esto podía suceder, no puedo dejar que me desconcentre.

Kilómetro 35. El habernos cruzado con los periodistas parece que ha hecho que se extienda el rumor sobre una mujer corriendo la maratón de Boston. Muchas personas se fijan en mí y se hablan al oído mientras señalan. Entonces noto voces, gritos, a mi derecha. Un juez, creo que es uno de los organizadores, se acerca con el rostro encendido por la rabia amenazándome, exigiéndome que le dé el dorsal. Yo intento no parar en mi carrera, pero me está asustando, me dice que es su carrera e intenta quitarme el número. En ese momento se cruzan nuestras miradas y no entiendo porque solo veo odio. Sus ojos desaparecen, al igual que su rostro y todo su cuerpo, Tom le ha dado un empujón que lo ha mandado contra la fría acera. Entonces un grupo de corredores se unen a nosotros, nos siguen por detrás para evitar que el juez intente acercarse.

Kilómetro 45, ya estoy a punto de terminar mi primera maratón oficial. Me duele la cabeza, noto el corazón bombeando a mil por hora y las piernas muy cargadas, me está costando mucho esta parte final. Amie no para de darme ánimos, yo no sé si le sonrío o le hago una mueca de agotamiento con los labios.

Tom me marca con la mirada que estamos llegando a la meta, levanto la cabeza y es verdad, la veo, y cientos de flashes y cabezas cubiertas por sombreros nos miran curiosas en estos últimos metros. Tom me dice justo antes de cruzar la línea de meta que hoy voy a hacer historia y yo, mientras cruzo la línea, simplemente pienso que lo que quiero es poder terminar una maratón.

4h 20 min. Katy Switzer
19/04/1967


PREMIO DE FOTOGRAFÍA 2018 LA VIÑUELA


Aprovechando la ocasión que me brinda este espacio, recordar que nuestra compañera Gema Frías Luque fue la ganadora del premio de fotografía. Las bases del concurso proponía la temática de: LA VISIBILIDAD DE LA MUJER EN LA CULTURA Y EL DEPORTE.
Os mostramos la imagen ganadora a continuación.


FOTOGRAFÍA GANADORA

sábado, 2 de mayo de 2020

SEMANA CULTURAL DE LA VIÑUELA 2019.



Una de nuestras aficiones más constantes es la escritura y varios miembros del Club han sido merecedores de premios locales de escritura. Trataremos, a lo largo de estos meses, de transcribirlos en este espacio de modo que queden almacenados y tengáis acceso a su lectura. 
En esta ocasión recordaremos a la ganadora de la edición de 2019 del premio de Relato Breve, organizado por el Excmo. Ayuntamiento de La Viñuela, con motivo de la Semana Cultural, María del Carmen Jiménez Aragón, con su relato titulado "BUENOS DÍAS". 

“Buenos Días”
     Deportivas anudadas, coleta bien sujeta y Alicia cerraba la puerta tras de sí.  No cayó en la cuenta de que esa semana le tocaba correr sola hasta que no llegó al punto en el que se encontraba cada mañana con su compañera. “Debe de estar aterrizando ya en Irlanda” se dijo, y siguió corriendo sin bajar el ritmo. El asfalto solo le daba para quince minutos, después cogía el carril de tierra que bordeaba el pantano de La Viñuela y se alejaba en dirección norte. Pocas cosas le hacían sentir tan bien como correr por las mañanas y disfrutar a la vez de ese aire tan puro y esas vistas tan maravillosas. Quizá esta semana pudiera entretenerse algo más, por ir sola, y tomar algunas fotos con su móvil de esos primeros minutos de sol sobre el agua.     
     Para ser lunes le extrañó encontrarse con tan poca gente en su camino, por no decir nadie. Los lunes la gente quiere compensar los excesos del fin de semana. No pasa igual conforme se acerca el viernes, que todos están deseando terminar la jornada para entregarse por completo al descanso o a la ´juerga´, según cada cual. En esto iba pensando cuando vio una persona a lo lejos junto al camino. “Por fin alguien, ya me estaba inquietando”. Primero le pareció que hacía estiramientos apoyado en una gran roca, pero después se dio cuenta de que solo estaba sentado sobre la misma observando el paisaje. Ya muy cerca se percató de que tenía una mirada muy triste y perdida. Al pasar a la altura del chico, Alicia, lo miró directamente a la cara esperando el mismo gesto para saludar cortésmente, pero él no se inmutó, sus pupilas no se movieron ni un milímetro. Alicia giró la cabeza hacia delante y siguió corriendo como si nada. “Que poco sentido de la buena educación”, se dijo. Corrió veinte minutos más hasta donde lo hacía siempre y se dispuso a dar la vuelta. En ese punto tenía como referencia del nivel de agua acumulaba en el pantano la salida abovedada que traía parte del caudal del río La Cueva hasta el embalse. En los últimos años casi no había llovido, pero en lo que llevaban de mes el descenso del nivel era alarmante.
     Cuando se disponía a cruzar por delante del muchacho de nuevo, se dijo: “Debe tener unos veinticinco años. Esta vez le saludaré como es debido, así le haré ver que aquí nos sobra educación y cortesía”. Fijó la vista en sus ojos y soltó un “buenos días” bien sonoro. El chico no le contestó. No la miró. No movió un pelo. “Pues lo que te dejas te llevas, guapo”, pensó, y siguió corriendo hasta llegar a casa.
     A la mañana siguiente, Alicia, se propuso que haría del martes un día diferente. Se levantó pensando que quizá aquel muchacho necesitaba amigos y alguien que le diera algo de confianza si no conocía a nadie en el pueblo, así que si se lo volvía a encontrar en su recorrido intentaría entablar con él un poco de conversación. Pararse para apretar los cordones de las deportivas era el gesto infalible para no parecer demasiado atrevida. Lo hizo justo delante de él y le dijo: “Buenos días”. El chico giró lentamente la cabeza hacia ella, pero no articuló palabra. Alicia se irguió y siguió corriendo desconcertada. Vuelta en el túnel y regreso. Buscaba mentalmente posibles explicaciones para aquel comportamiento tan seco del desconocido: Puede que no entendiera el idioma; Puede que odiara hablar con gente nueva; Puede que fuera un psicópata; O que hubiera sufrido un episodio de amnesia… Mil cosas. Pero en ese momento, que volvía a cruzarse con él, notó como giraba levemente la cabeza para mirarla mientras se alejaba. Bueno, ya había un pequeño avance.
     Los dos días siguientes todo transcurrió con increíble monotonía, y no solo su hora y media de footing matutino, sino el día entero. El viernes, Alicia, dejó junto a la almohada sus miedos, sus reparos, sus prejuicios y la poca timidez que tenía y cuando llegó a la altura de la roca en la que el muchacho estaba sentado, como cada mañana, se acercó a él diciéndole: “Buenos días”. El chico la miró. Sus ojos eran muy profundos y tenían un brillo cautivador, enigmático.  Ahora, de cerca, observaba que no llevaba ropa deportiva, sino unas botas y pantalón tejano. Parecía querer decirle algo con la mirada y ella se mostraba expectante. “¿Cómo sonaría su voz? Pero de pronto él se echó mano a la garganta y entreabrió los labios dejando escapar un leve sonido. ” Ay, Dios mío. ¿Pero cómo he podido ser tan tonta? ¿Cómo no me he dado cuenta antes? Es sordomudo”, pensó. Muerta de vergüenza hizo un gesto con la mano de despedida y con la cabeza gacha siguió corriendo. Mientras iba hasta el final de su recorrido y volvía no paraba de pensar que se había comportado como una estúpida y buscaba la manera de volver a acercarse a él y hacerle entender que podían ser amigos. Ya lo tenía a cien metros y empezó a aflojar el ritmo. Le asombraba verlo siempre tan melancólico, tan paciente, como quien espera algo sin tener prisa. Los chicos de su edad no suelen dar esa impresión. ¿Habría sufrido mucho a lo largo de su vida y por eso tenía ese comportamiento tan esquivo con la gente? Sin dudarlo se acercó a él, que la observaba desde antes de llegar a la roca, y poniéndose la mano en el pecho, le dijo: “Me llamo Alicia.  ¿Y tú?” Él la miraba fijamente y sin decir palabra giró la cabeza hacia el lado de la roca que no ocupaba, como diciéndole que se sentara a su lado. Alicia tomó asiento mientras pensaba que les costaría mucho trabajo entenderse. De todos modos sentía que algo no cuadraba. ¿Por qué él no intentaba comunicarse con gestos? Con su cuerpo podía expresarse también, sin embargo ni su cara ni sus manos emitían ninguna expresión que ella pudiera traducir para poder entenderle. Solo sus ojos. Sus ojos mostraban tristeza, desesperanza y mucho vacío. Alicia, tratando de animarlo y darle un poco de confianza empezó a hablarle de… cosas, lo primero que se le vino a la cabeza, sabiendo de antemano que él no podría escucharla. “¿Sabes? Hace unos años sí que estaba bonito el embalse. Estaba de agua hasta el máximo. La orilla llegaba a tres metros de donde están nuestros pies. En un día de cielo despejado y sin brisa que moviera el agua el espectáculo era majestuoso. Pero con lo poco que ha llovido últimamente y los trasvases de agua que se hacen está el pobre en las últimas. Yo he llegado a pensar que algo raro está pasando porque no es normal a la velocidad que el nivel va bajando”. El chico seguía con la mirada perdida en el horizonte sin darle muestras de nada. Apenada, Alicia se levantó y le dio dos besos despidiéndose de él hasta el día siguiente.
     Deseando comenzar el sábado y poder ver a su nuevo amigo salió corriendo en dirección al pantano y, como toda la semana, allí lo encontró. Tenía decidido que ese día no haría el recorrido. Se sentó junto a él y trató de comunicarle su apoyo y su cercanía. Le habló de los animales que habían migrado a la zona gracias al pantano. Le habló también de comidas, de su familia, de sueños de futuro. Pero nada que ella hiciera hacía cambiar la expresión triste y vacía del muchacho. Entonces tomó sus manos entre las suyas y las acarició, sin saber muy bien por qué. Le dio dos besos y se marchó.
     Fue la última vez que vio al chico. Después de esa semana no volvió a verlo más junto a la roca. Desapareció como por arte de magia y nadie sabía darle información sobre él. Todo volvió a ser como antes. Ahora que corría con su compañera, el camino del pantano siempre estaba lleno de gente que hacía deporte, o paseaba al perro o tomaba el sol,…
     Pocas mañanas después, al encender su ordenador, la sorprendió una noticia local: “Hallado el cadáver momificado de un hombre que, posiblemente, desapareciera hace 32 años. Los restos se han encontrado en las inmediaciones del pantano de La Viñuela. A la espera del informe forense oficial, todo apunta a que la causa de la muerte fue atragantamiento con objeto punzante, presentando también fractura craneal. Personas ancianas de la localidad afirman que hace muchos años, antes de construirse el embalse, desapareció un carpintero que se dedicaba a la construcción de pozos y aljibes en los cortijos rurales con plantación de regadío, y que jamás dieron con él. Por esto y por los indicios encontrados hasta el momento, entre las hipótesis más probables, la policía cree que el individuo murió atragantado con un clavo que seguramente sostenía entre sus labios mientras trabajaba y que el cuerpo ha permanecido semisepultado en el fondo de un aljibe al que acaban de verter cemento en su base. Tras meses de búsqueda infructuosa el caso se fue enfriando. Después vinieron los desalojos y expropiaciones y en pocos años el embalse era un hecho. La policía piensa que no ha sido hasta ahora, cuando el nivel de agua ha bajado tanto, que el cuerpo del hombre haya quedado parcialmente al descubierto.” Junto a esta noticia aparecía una foto de la época del presunto desaparecido. Alicia lo había conocido hacía unos días. ¿Cómo podía ser? Era imposible. Sin pensarlo salió corriendo de casa en dirección al pantano. Al llegar a la roca no podía salir de su asombro. Alargó la mano y recogió un puñado de clavos que había sobre ella, y fue entonces cuando pudo leer la palabras escritas sobre la piedra: ”Buenos días. Gracias.”

PREMIO DE FOTOGRAFÍA 2019 LA VIÑUELA


Aprovechando la ocasión que me brinda este espacio, recordar que nuestra compañera Cande Molina Mostazo fue la ganadora del premio de fotografía. Las bases del concurso proponían las dos temáticas siguientes: HISTORIAS DEL EMBALSE Y SABOREA LA VIÑUELA SALUDABLE.
Os mostramos la imagen ganadora a continuación.