domingo, 21 de junio de 2020

SEMANA CULTURAL DE LA VIÑUELA 2015.




Una de nuestras aficiones más constantes es la escritura y varios miembros del Club han sido merecedores de premios locales de escritura. Trataremos, a lo largo de estos meses, de transcribirlos en este espacio de modo que queden almacenados y tengáis acceso a su lectura. 
En esta ocasión recordaremos a la ganadora de la edición de 2015 del premio de Relato Breve, organizado por el Excmo. Ayuntamiento de La Viñuela, con motivo de la Semana Cultural, María del Carmen Jiménez Aragón, con su relato titulado "TRABAJO CUESTA VIVIR",  la temática propuesta por la organización fue "MI PROFESIÓN IDEAL"


TRABAJO CUESTA VIVIR

   "Con la falta que hacía que esta vez hubiera sido un niño", pensó Antonio. Pero no. "Otra niña... Una niña muy bonita" y se le iluminó la cara.

  ¿Quién iba a ayudarle a coger las aceitunas cuando llegase la temporada? ¿Quién le ayudaría a cargar y arrastrar los toldos? ¿Y a varear? ¿Quién se subiría a esos olivos tan altos cuando él ya no estuviera en "paraje" para hacerlo?

   Pero no podía evitar la sonrisa en su boca cada vez que volvía de un largo día de trabajo y veía a sus tres hijas jugando y corriendo junto a los eucaliptos.

   Pasaban los años y las niñas se convertían en mujercitas. La mayor ya andaba comprometida, con un buen muchacho del pueblo. Era ley de vida que formara su propia familia.

   La pequeña de las hermanas, ya a una edad muy temprana, había encontrado su verdadera vocación. La enseñanza. Se encontraba como pez en el agua cuando estaba rodeada de libros, lapiceros, pizarras y pequeños estudiantes.

   Antonio seguía lamentándose por no haber tenido un hijo varón que lo ayudara en el duro trabajo del campo. Fuera como fuese, amaba a sus hijas y llevaba una vida normal, como cualquier otro del pueblo. Recolectar aceitunas, cavar y sembrar el huerto, la vendimia en su tiempo, cuidar del mulo, su fiel ayudante Hipólito, que cargaba con todos los aperos y el frugal almuerzo para echar otro día de trabajo.

   Amalia, la esposa de Antonio, tampoco se quedaba dormida en los laureles. Preparar la comida para los que quedaban en casa y los que salían a trabajar. Asear la casa. Encargarse del corral, las gallinas pedían poco y daban mucho a cambio, qué menos que darles un par de vistazos al día. Hacer la colada, que solo ir hasta el lavadero público y volver con los trapos empapados ya era un gran trabajo; y un sin fin de quehaceres diarios.
   Pero todo cambió cuando Antonio cayó gravemente enfermo. Llevaba dos días en cama cuando María, la segunda de las tres hermanas, tuvo claro lo que tenía que hacer.
   No hacía mucho que había amanecido cuando Amalia fue a llamarla al cuarto de al lado para despertarla y se encontró con su catre vacío. La desesperanza en los ojos de su padre y la incertidumbre en el rostro de su madre fueron el detonante para cambiar la rutina diaria de la muchacha.
   Había decidido irse al campo y hacer el trabajo que su padre ahora no podía. La determinación que mostraba asombró a toda su familia.
   Se levantaba con el cielo oscuro y preparaba todos los arreos. Cargaba el mulo y andaba por caminos polvorientos y desérticos durante kilómetros. Cuando llegaba a su destino apenas empezaba a clarear el día. De rodillas iba cogiendo aceituna por aceituna y cuando ya no le cabían en las manos las lanzaba a la espuerta siempre un metro por delante de ella. Lo había visto hacer muchas veces a su padre, a sus tíos,... No perdía el tiempo en sacar esa piedra que le molestaba bajo la pierna o en apartar esa esparraguera que le arañaba las manos. Así, muy poco a poco se llenaba la espuerta. Y una vez llena la cogía y la vaciaba en un saco de pita para volver a empezar a llenarla. Había días más duros que otros, como aquellos en los que comenzaba a caer una fina llovizna y se calaba hasta los huesos; o aquellos en que el viento traía el gélido aliento de las nieves cercanas. Pero conseguía terminar la jornada y, exhausta, cargaba a Hipólito como podía y volvía al pueblo dejando en la almazara los pesados sacos.
   Desde entonces tuvo claro que su vida era el campo y su recompensa sentirse útil para su familia. Cavar la viña, cortar sierpes, descapotar almendras,... Todo atraía su interés y se esforzaba en hacerlo bien y mejorarlo.
   Su padre no podía sentirse decepcionado por no haber tenido varones como era habitual antiguamente. "Pero, ¡qué trabajo cuesta vivir!"
   Basado en una historia que bien podría ser real.


Paralelamente a ser ganadora del Concurso de Relato breve, M. Carmen Jiménez Aragón también fue ganadora del Concurso de Fotografía del año 2015, el tema propuesto por el Excmo. Ayuntamiento de La Viñuela fue "EMPLEO Y OPORTUNIDAD"

sábado, 13 de junio de 2020

SEMANA CULTURAL DE LA VIÑUELA 2017.


Una de nuestras aficiones más constantes es la escritura y varios miembros del Club han sido merecedores de premios locales de escritura. Trataremos, a lo largo de estos meses, de transcribirlos en este espacio de modo que queden almacenados y tengáis acceso a su lectura. 
En esta ocasión recordaremos a la ganadora de la edición de 2017 del premio de Relato Breve, organizado por el Excmo. Ayuntamiento de La Viñuela, con motivo de la Semana Cultural, María del Carmen Jiménez Aragón, con su relato titulado "¿DRÁSTICO DETONADOR?". El tema propuesto por la organización en esta ocasión fue "LA VIÑUELA EDUCA"


¿DRÁSTICO DETONADOR?
     ¡Qué lata! Las once y media aún. Que mañana más larga. Mi maestra está corrigiendo los ejercicios y mis compañeros empiezan a elevar gradualmente el murmullo. Sin pensarlo me levanto y voy hasta la mesa de María. Quiero preguntarle si sabe algo más sobre aquel chico del que hablaban ayer en el patio. Siento una indignación infinita por lo que le ha ocurrido.  Aunque no lo conozco de nada, las injusticias me matan. No tengo palabras.
     -María, ¿sabes algo nuevo sobre ese chico? –Ni si quiera sabemos cómo se llama.
     -Dice mi madre que sigue igual. Ayer hizo cuatro días que está en coma y no saben qué camino puede tomar la situación. –La madre de María es enfermera en el hospital y precisamente estaba de guardia el día que entró por urgencias el chaval.
     Mi maestra ha terminado de corregir y vuelvo a mi sitio. Cuando nos dice que quedan diez minutos para terminar la clase y que podemos aprovecharlos para adelantar deberes, si queremos, no lo pienso dos veces. Levanto la mano y hago la pregunta.
     -Maestra, ¿podemos hablar de lo que pasó el otro día en el recreo?
     Claro, incluso estamos pensando en organizar un debate entre varias clases. Podría ser productivo.
     Algunos de mis compañeros asintieron con la cabeza, otros se encogieron de hombros. Será interesante ver los distintos puntos de vista y opiniones.
     -Maestra, ¿por qué a esos salvajes no los han metido en la cárcel y sólo los han cambiado de colegio? –Me atrevo a ser el primero en preguntar.
     -No es un colegio. Es un centro de menores a donde los han llevado. No pueden ir a la cárcel porque son menores de edad todavía.
     -Pero maestra, ¿yo no entiendo por qué son menores para entrar en la cárcel y “mayores”, o al menos ellos se creen así, para imponer a los demás sus normas, o humillar a la gente sólo porque se diferencian de ellos en algo? –La rabia me hace apretar los puños y se me clavan las unas en las palmas de las manos.
     Mi maestra, en cambio, está muy serena. Se levanta de la silla y, rodeando la mesa, se sienta en una de las esquinas. Nos mira con esa mirada comprensiva y amorosa que le veo muchas veces a mi madre, y dice: -La solución a este problema y a muchos otros que veréis a lo largo de vuestra vida es la misma. Se llama educación. La educación lo es todo. Lo más importante que posee toda persona. No sólo la que se da aquí en asignaturas, sino la que adquirís cada día de la vida en vuestras casas, en la calle, con los amigos, a través de la tele,… Todo es educación. Vosotros sois jovencitos aún, pero dentro de algunos años, cuando ya no estéis en el colegio, seguiréis educándoos, sin daros cuenta. Durante toda la vida.
     -Sí maestra, pero esos chicos están recibiendo educación en el colegio igual que yo, y a mí no se me ocurriría hacer lo que ellos hicieron. –Contesta un compañero.
     -Por supuesto que no, ya lo sé. El problema surge cuando alguno de los pilares que sostienen la educación falla. Irremediablemente el edificio termina viniéndose abajo tarde o temprano. En su entorno, algún pilar debe no ser muy estable. No penséis que estoy intentando justificar lo que han hecho, sólo quiero que veáis cual es la importancia de la educación, no sólo académica, sino educación en valores cívicos, valores morales, en tolerancia y respeto. Esa educación empieza el mismo día que nacemos. Os la enseñan todas las personas que os rodean. Familia, maestros, amigos, medios de comunicación,…Incluso el señor desconocido que entra después que nosotros a la panadería y da los buenos días a los presentes y las gracias antes de irse.
     Yo escucho atentamente y pienso en qué momento esos chicos habrán recibido una lección errónea en su educación que los ha llevado a ser las personas que son ahora. Cuál de los pilares será el que les está fallando.
     -Maestra, ¿es posible reparar uno de los pilares cuando te das cuenta que está “agrietado”? –Pregunto, aunque creo que estaba pensando en voz alta.
     -Por supuesto. Todo se puede reparar. Cuesta mucho trabajo por parte de todos, pero con paciencia nunca es tarde para adquirir una buena educación. –Contesta.

     Está sonando la sirena y nos levantamos para cambiar de clase. La mañana transcurre con normalidad. Pero en mi cabeza no paran de ir y venir ideas.
     Ya en casa le cuento a mi madre la charla que hemos tenido en el colegio y parece estar de acuerdo con mi maestra.
     -Cielo, en este pueblo tan pequeño todos nos conocemos y sabemos que a esos chicos le falla más de un pilar. Pero hasta que no sean ellos los que quieran poner remedio, a los demás se les va a hacer muy difícil hacerlo. Tienen que ser conscientes de la gravedad de sus actos. Quizá ahora que no están en sus casas, con su familia, durmiendo en sus camas, puede que empiecen a pensar en ello, pero creo que hace falta un detonador más potente, mucho más potente para que echen abajo ese edificio ruinoso y construyan uno con buenos cimientos, sólido, estable,…
     Yo miro a mi madre y pienso en lo que me dice, aunque no estoy seguro de captar todas las metáforas. En ocasiones se le olvida que sólo tengo doce años y me cuesta seguirle.

     Dos días después empiezo a comprender lo que me había dicho mi madre. El chico que está en el hospital ha empeorado. Los médicos deben operarlo a vida o muerte, dice María. Los responsables de que él esté así se enteran, por sus familiares, de que sus posibilidades de sobrevivir son mínimas. Si de alguna manera logra salir de la operación, las secuelas podrían ser bastante graves. Sienten una presión muy fuerte en el pecho. No suelen hablar mucho desde que están en ese lugar. Pero cruzan la mirada y saben perfectamente cómo se siente el otro. Nunca pensaron que pudieran verse en una situación así. Esa es la cuestión, que nunca pensaron. Ahora darían el resto de días que les quedan por vivir a cambio de borrar la última semana. Que todo esto no hubiera pasado. Así se lo transmiten a los padres del muchacho en la sala de espera del hospital. El detonador se ha accionado.
     Han pasado muchas horas. Demasiadas horas. Pero por fin sale el médico con buenas noticias. Esos chicos siguen en el hospital, aun después de haber recibido reproches, desprecio e insultos. Saben que no podía ser de otra manera. Es lo menos que pueden hacer. No han visto los ojos de una madre llorar tanto. Y ahora que las lágrimas son de alegría y alivio, ellos también lloran de arrepentimiento y vergüenza. El detonador se ha accionado.
     Unos meses más tarde he sabido que esos chicos son ahora voluntarios en el centro de acogida para menores. Ayudan a los profesionales y colaboran en las charlas de concienciación. Y mientras vuelven a levantar su “edificio”, enseñan a otros chicos como reparar los suyos. Porque la enseñanza es la clave de todo.

lunes, 8 de junio de 2020

III LO QUE ME CUENTA UNA FOTO. MIEDO.


Queremos compartir con vosotros esta actividad que nos ha resultado muy constructiva. Se trata de elaborar un relato, sin límite de palabras, a partir de la observación de una fotografía, elegida al azar, y plasmar la historia que te sugiere dicha imagen, o hilar pensamientos que te provoquen,... en definitiva, dejar correr la imaginación y la creatividad literaria. Os daréis cuenta que cada persona al observar la imagen la ve con un matiz diferente, o se fija en un detalle concreto. Así cada escritor desarrolla una historia sorprendente y novedosa que nada tiene en común con la del compañero, salvo la imagen en la que está basada.

Esta es la imagen que hemos elegido en esta ocasión. Esperamos que disfrutéis de los relatos. 
  
Modesto Fortes Pascual
NO TE EQUIVOQUES DE DIRECCIÓN
        Su oscura silueta contrastaba en aquel blanco glacial.
            Mientras sus negras y viejas botas pisaban y hacían crujir la escarcha del sendero, su aliento se elevaba como espesa niebla, pareciese que fuese a condensar para luego cuajar.
            Cuajarón de sangre escupió tras un golpe de tos.
           Sabor ferroso en la boca y un rojo carmín en el blanco manto.
            De repente, nota un frío paralizante en su hombro izquierdo, por más mentalizado que estaba, no pudo contener el horror.

            ‒Te has equivocado de dirección. Vuelve a tu nuevo y eterno hogar.

Rafael Núñez Rodríguez
CADENAS DE MÍ.

Se acerca la medianoche y no consigo acostumbrarme, me echo la manta sobre la cabeza, pero el sonido se va acercando, el chirriar de unas cadenas con paso cansino. Sus lamentos atormentan mis sueños desde hace semanas, susurros pidiendo auxilio llegan del techo, no tengo ático pero parece que el dolor nace de esa buhardilla que se pudre en mi imaginación.


El despertador me salva de los arañazos que ya comienzo a notar cerca del corazón. Me miro frente al espejo, mientras mis ojos se van hundiendo en la blanquecina piel que los rodea. Me fijo en mis manos, tiemblan como si presintieran las cadenas acariciando su fría carne. Ya hace una semana que no me atrevo a salir a la calle, creo que alguien me observa, noto una respiración agitada cada vez que cruzo el umbral de mi pequeño mundo. Afuera nieva, como si la nieve fuese un vómito que llena todo de frustración.


Creo que tengo fiebre así que decido quedarme en casa. Me cuesta mucho caminar, tal vez haya pillado algo, pero no quiero acostarme, aunque las quejas de las cadenas ya me persiguen por toda la casa. En el dormitorio hace mucho frío, lleno de calor la boca del salón y me acurruco junto a las valientes llamas.

Me despierto de golpe, agitado, ha sido un grito, estoy seguro de haberlo escuchado. No sé si llorar o salir corriendo. Lo intento, pero mis piernas están embriagadas por el amor de la chimenea. Noto el corazón como grita el miedo que reflejan mis ojos, pero mi boca enmudece, creo que hay alguien en la otra habitación.


La puerta se está pintando por el ruido de los arañazos y leves susurros llenan mis oídos de lágrimas. No se que ocurre, pero tengo más frío, mis dientes hacen música de miedo mientras se van cayendo bajo la cama. Me acerco despacio, necesito abrir la puerta, hay algo hipnótico en esos lamentos que me es tan familiar.


Giro el pomo con lentitud y alguien empuja la puerta, todo se abre de par en par. Veo una figura ante mí, unos ojos sanguinolentos se relamen al mirarme, es horrible, un amasijo de carne y huesos se arrastra hacía mí. Un sendero de sangre caliente marca mi destino, las piernas no me responden, ni tan siquiera soy capaz de gritar. Miro sus ojos y solo siento la miseria con la que me mira, las babas que fluyen de su grisácea boca, que además intenta sonreír. Entonces escucho lo que las cadenas llevaban semanas intentando decirme...

-Soy tú, después del accidente.




María Jesús Campos Escalona
ALÉJATE DE MÍ

Como cada noche me preparo con esmero. Espero con ansia todo el día este momento. Me maquillo con sumo cuidado, saco del armario el traje negro, súper ajustado, ¡uhhhm, marca todas y cada una de mis curvas! Retoco el color de mis labios, rojo pasión, ya estoy lista.

Salgo a la calle con seguridad, decidida. Los altos tacones me hacen unas piernas de escándalo. Lo sé. Camino por varias avenidas poco transitadas, llego hasta la discoteca. Hay mucha gente, el corazón me palpita con fuerza. Hoy será una gran noche.

Guiño el ojo al portero y le doy una buena propina. Ya estoy dentro.

Echo un vistazo entre el gentío. Me gusta lo que veo, ¡me siento muy excitada!

Me dirijo hacia la barra y pido un whisky, veo que alguien se acerca, ¡empieza el show!

Es un chico joven de unos veintiséis o veintisiete años, moreno, alto. No está mal. Me invita a otra copa y pronto empezamos a charlar. Nos reímos y bromeamos, le sigo el juego, porque esta noche me siento especialmente hambrienta.

Suena la canción "Aléjate de mí " del grupo Camila y nos ponemos a bailar.

Empieza a tocarme donde no debe, sonrío, pero por dentro siento arcadas.

Son las tres y media de la madrugada. Ya no le aguanto ni un minuto más. Salimos del perverso antro de ruido y le llevo hasta la calle de enfrente. Sé que allí hay un callejón y apenas hay luz. Además, ¿quién se va a extrañar de una pareja que da rienda suelta a una pasión irrefrenable?

Mi acompañante con ingenuidad va riéndose y medio mareado por el alcohol...,no sabe lo que le espera.

Comienza a besarme y con impaciencia pone una mano en mi culo y lo aprieta contra su cuerpo. 
-¡Basta ya! -le grito y agarro sus manos con fuerza. Él deja de inmediato de sonreirme y me dice asombrado:
-¿Qué ocurre? ¡Vamos nena, déjate llevar!

Me acerco ferozmente y clavo mis dientes en su cuello. Primero rápidamente y con locura, luego una y otra vez, hasta que la sangre empieza a manar a borbotones. La bebo, la saboreo, me encanta, su olor, su textura, su color, ese aroma me enloquece. El chico empieza a agitarse y a convulsionar, yo le sonrío y le digo al oído:

-Tranquilo nene, relájate. Esto sólo acaba de empezar.




Dori Calderón Ramos

VA CANTANDO
Cuenta la leyenda que en un árbol se encontraba encaramado el pequeño Miguelón y que, sorprendido por el grito de su madre, perdió apoyo y cayendo se murió.
Desde aquel día, Josefa vaga como alma en pena bajo la sombra de aquel árbol, noche y día va cantando, va llorando, va llamando a su hijo Miguelón.
Y sumida en pena siguió su alma el día que recogieron su cuerpo sin vida bajo aquel árbol y lo llevaron a enterrar.
Si al anochecer te acercas hasta el Cortijo del Gran Roble y no haces ruido, puedes observar una figura de mujer que da vueltas alrededor del árbol, y va cantando, va llorando, va llamando a su hijo Miguelón.
Los vecinos del lugar, apiadados de aquel alma sin descanso y exhaustos por aquel llanto decidieron ayudarla, y en la noche qué se cumplió años de aquel fatal percance, encendieron una hoguera cerca del gran árbol y en ella quemaron ropas y enseres del niño, y mientras todo aquello ardía, la figura de una mujer lloraba alrededor del fuego.
Los vecinos ya lamentaban su decisión cuando vieron bajar del árbol la figura de un niño que tendió su mano a su madre, y juntos marcharon en paz hacia la eternidad.



Cande Molina Mostazo

EL LLANTO

‌Por fin estábamos en la nueva casa, mi madre estaba muy ilusionada porque por fin podía disfrutar de un pequeño jardín e incluso tenía espacio para construir en la parte trasera un pequeño invernadero. Las plantas, las flores y las hortalizas eran su pasión. Mi padre también estaba muy contento con la nueva casa, por fin tendría su despacho y su biblioteca. Yo, por el contrario, no estaba tan feliz, mi instituto, mis amigos,... ahora estaban muy lejos y tendría que ir a un instituto nuevo. No iba a ser fácil y me sentía con todo el derecho de estar enfada y enojada con ellos. A pesar de oponerme, no tuvieron en cuenta mis llantos y mis argumentos para no marcharnos del pueblo que me vio crecer. Aunque, en el fondo, también comprendo que por el trabajo de mi padre no queda otra alternativa más que mudarse.
La casa era bastante grande y también bastante vieja, había que hacerle muchas reformas, a mí no me acababa de gustar, me daba algún que otro repelús. Noche tras noche, escuchaba ruidos raros, incluso alguna que otras voces, tanto que decidí dejar una bombilla encendida para controlar todos mis miedos.
Una noche noté como si alguien me observará mientras dormía. Me desperté con un gran sobresalto. Cuando se lo conté a mis padres, me tranquilizaron diciendo que había sido una pesadilla y que no le diera mayor importancia. Entonces supe que ellos no notaban nada, ni oían nada, fuera lo que fuese era yo quien lo percibía y tendría que enfrentarme yo sola a esa presencia del más allá. Solo yo sabía que algo raro sucedía allí. Una noche me despertó un ruido que salía del desván y algo me hizo dirigirme hasta allí, no podía parar. Abrí la puerta y al entrar escuché el llanto de un niño. Miré y busqué, pero no veía nada solo escuchaba el llanto.
A la mañana siguiente empecé a investigar quién había vivido en esa casa y que historia se escondía en aquellas paredes. Entonces descubrí que había vivido un matrimonio joven con un hijo pequeño y que una noche de tormenta habían tenido un accidente de coche y murieron todos al caer el vehículo en el que viajaban por un gran terraplén.
Cada vez que obtenía más información veía más claro que era el niño el que me miraba por la noche y era su llanto el que salía del desván, pero ¿cómo podría ayudarle?  ¿Qué quería de mí?
No podía dejar de pensar cómo hacer que el pobre niño me diera una señal. En el desván había algunos baúles y varias cajas, empecé a buscar y encontré algunos abrigos con un nombre bordado, Arthur. Así debía de llamarse el chiquillo. Casi por casualidad, o quizás fue Arthur quién me llevo hasta él, encontré detrás de un armario un osito de peluche pequeño y precioso. Cuando lo cogí y le sacudí el polvo, sentí un aire frío que me rozo el rostro y casi me caigo al tropezar con una caja de madera que, al darle un golpe con el pie, se volcó abriéndose y salieron varias fotos. Allí estaba Arthur con su osito de peluche. Arthur no pudo ir hacia la luz porque su osito se había perdido mientras jugaba aquella tarde antes del accidente. Arthur no fue capaz de marcharse sin su amigo inseparable, es tan estremecedor y tan dulce ver en las fotos de Arthur como mira a su osito y, como en casi todas las fotos, sale con su peluche pegado a él.
Decidida cogí al osito y me lo llevé a mi habitación, lo puse en la mesita de noche antes de dormir y dije con voz firme: 

-Arthur, he encontrado a tu amigo, puedes cogerlo y cruzar la luz, tus padres te están esperando. 
Me recosté en la cama esperando que Arthur apareciera, pero me quedé dormida. Entonces un frío intenso me despertó y miré hacia la mesita de noche, el osito no estaba. Y desde esa noche ya no se escuchó ningún llanto desde el desván.


M. Carmen Jiménez Aragón
LA CASA DE AMELIA
Cuando Amelia entró en su nueva casa se encontró feliz. Todo estaba limpio y en perfecto orden, solo tendría que ocuparse de retocar algo de la decoración o cambiar la orientación de algunos muebles.

La casa en sí era lo que siempre le había gustado, con dos plantas, con habitaciones amplias, muy luminosa y con una gran parcela de terreno con árboles. Era la casa de su vida.

En los primeros días en que se habituaba a ella, comenzó a sentir cosas extrañas. Al principio trató de ignorarlas, después dejó un mensaje en el contestador de su psicoanalista. Quizá tuviera que aumentar la dosis de su tratamiento o hacer las visitas más frecuentes. Ya hacía muchos meses de la última, aunque jamás tocaron estos temas. Amelia nunca había creído en fantasmas ni supercherías de ese estilo, ella solo tenía una depresión a causa de un cúmulo de diferentes infortunios. Quién sabe, a lo mejor esta nueva casa y sus misterios la mantendrían distraída, con la mente ocupada en otras cosas.

Sin embargo, llegó el día en que todo se le hizo tan patente que ya no sabía cómo actuar. De unos simples crujidos en el piso superior (que bien podrían ser los viejos suelos al dilatarse con el calor) o unos pequeños golpes aislados en los cristales de las ventanas (que podría identificar con el sonido del picoteo de los pajarillos del jardín), pasó a escuchar pasos, o mejor dicho correteos como de niños; veía sillas movidas de su sitio; los cuchillos de la cocina nunca los encontraba en el cajón, siempre sobre la encimera, alejados; puertas y cajones abiertos, cuando ella siempre se aseguraba de cerrarlos.

Al mes de estar viviendo en la casa estaba ya desesperada, agobiada y tremendamente asustada. Algo había pasado en aquella casa y tenía que averiguar que fue.

Subió a la primera planta, que era donde más notaba las extrañas presencias y desde el descansillo de la escalera vio cómo se cerraba la puerta del estudio violentamente. Se quedó paralizada y, justo en ese momento, sintió que algo pasaba junto a ella y le rozaba el brazo. Los vellos se le erizaron y casi le da un infarto cuando vio de nuevo la puerta del estudio que se abría y se volvía a cerrar sola. Sabía que entrando allí descubriría algo. Se acercó y cogió el pomo, pero se resistía a girar. Escuchaba ruidos imposibles de identificar en el interior, pero por más que forzaba la puerta, no abría.

De pronto comenzó a sentir punzadas en las piernas, pequeños hormigueos que le recorrían todo el cuerpo,… Trató de controlar la respiración para no bloquearse por la ansiedad. Aquello tenía que tener una explicación lógica. Armándose de valor, cogió impulso, se abalanzó contra la puerta y la abrió. La habitación estaba iluminada por cuatro velas encendidas que se encontraban en el suelo, una en cada esquina. En el centro, en una mesa que no reconocía como suya, había una fotografía de ella reciente y una muñeca de trapo, de unos quince centímetros, con varios alfileres clavados. Nada más, nadie más. Dio unos pasos para acercarse a la mesa y unas palabras claras y altas llegaron hasta sus oídos haciéndola temblar de miedo. Ella, que siempre había sido tan racional y tan escéptica, nunca podría olvidar aquellas palabras tan reveladoras:

-¡Amelia Delgado, abandona de una vez el mundo de los vivos y regresa al más allá!



Gema Frías Luque
EL CAJÓN

Era una tarde espléndida, calurosa y radiante de luz, pero en mi mente había un vacío inquietante. Sin duda aquel cajón aún me seguía perturbando, el temor no conseguía apartar mi atención…, aquel candado no tenía sentido, sería fuerte ante la tentación de volver a sentirme inmune a la provocación de aquel olor.
Un placer que no conseguía quitarme de mi mente y aun sabiendo que era horrible lo que sentía, mi corazón latía acompasado, quería morir. Aquel dolor que sentía por no poder abrir el cajón era superior a mis fuerzas, no merecía la pena vivir de esa manera. Era tal la pena que sentía que no entendía por qué debía sufrir tanto, tanto sacrificio, ¿para qué? No estaba justificado tanto dolor, pavor, recelo, espanto… más bien pánico… y si abría el cajón, posiblemente sentiría más terror ante la cobardía de no cumplir mi palabra y todas mis promesas quedarían en papel mojado.
En enero de 2006 estuve en la consulta del Dr. Martínez, mi psiquiatra. Le conté todas las pesadillas que sentía durante la noche, que tenía una calva incipiente, los episodios de ansiedad y estrés me habían dejado huella…, pero él no le dio demasiada importancia y me dejó un informe sobre la mesa, ya no me daría mas citas.
Pero cada día al cruzar aquel largo y eterno pasillo, no podía dejar de esquivarlo para llegar hasta el salón y mis ojos se clavaban en aquel maldito y endemoniado cajón, mi mente seguía insistiendo y machacándome, mientras mi saliva era cada vez más espesa…
El calvario era diario y constante…

Lo que comenzó siendo un placer, continuó siendo miedo, acabando en una fobia, la vida ya no seguiría igual. No podía entenderla de la misma forma que cuando era pequeña y abría el cajón para disfrutar de aquellos chocolates de distintos colores y formas que tanto me hacían disfrutar… pero ahora era diferente.

sábado, 6 de junio de 2020

II LO QUE ME CUENTA UNA FOTO. JEROGLÍFICO.




Queremos compartir con vosotros esta actividad que nos ha resultado muy constructiva. Se trata de elaborar un relato, sin límite de palabras, a partir de la observación de una fotografía, elegida al azar, y plasmar la historia que te sugiere dicha imagen, o hilar pensamientos que te provoquen,... en definitiva, dejar correr la imaginación y la creatividad literaria. Os daréis cuenta que cada persona al observar la imagen la ve con un matiz diferente, o se fija en un detalle concreto. Así cada escritor desarrolla una historia sorprendente y novedosa que nada tiene en común con la del compañero, salvo la imagen en la que está basada.

Esta es la imagen que hemos elegido en esta ocasión. Esperamos que disfrutéis de los relatos. 



Dori Calderón Ramos
IMPRESCINDIBLES

Soy imprescindible para mi reina, me eduqué en el Templo de Mut y mi tiempo está dedicado a que todo lo que ocurre hoy quede reflejado en el mañana.
Me formé desde los cuatro a los diecisiete años, y cuando mis manos tocaron por primera vez el papiro, temblé de emoción.
Me castigaron duramente por la más mínima falta de disciplina, y si por alguna causa un día mis sentidos no captaban con facilidad las matemáticas, la gramática o la geografía podían encerrarme varios días aislado o azotarme.
Ya me acostumbré a esta posición tan rara en la que trabajamos, pero al inicio mis piernas quedaban inertes y me encomendaba a Tot, para que me diese fuerzas.
Entre mis compañeros de estudio estaba Anat, la más inteligente de todos, pero no tuvo la posibilidad de ejercer nuestra profesión, hubiese sido la mejor.
El negro y el rojo son mis colores de trabajo, y aunque procedo de familia humilde, la mayoría de mis compañeros son hijos de maestros, pero me he convertido en un intelectual y también educo a las nuevas generaciones.
Soy Abady, lee lo siguiente y sabrás mi profesión.



M. Carmen Jiménez Aragón
LA DECISIÓN
Como siempre, el profesor Williams caminaba apresuradamente, con la cabeza gacha y su maletín bien apretado sobre el pecho. Esos minutos que lo separaban de su despacho, desde que salía del laboratorio, le producían tal ansiedad que seguramente al llegar tendría que dedicar un momento a relajar su mente y todo su sistema muscular.

Estaba a punto de realizar un gran descubrimiento y la presión que sentía lo estaba desquiciando. Por un lado, sus superiores le apremiaban para concluir el estudio y sacarlo a la luz lo antes posible. Por otro, el servicio secreto del gobierno egipcio le pisaba los talones y seguía cada paso que daba de muy cerca. Y él, él solo era un simple arqueólogo, especializado en la civilización egipcia, que se había interesado por el misterio de la desaparición de Nefertitis y la búsqueda de su sarcófago, a raíz del hallazgo de unos jeroglíficos. Éstos estaban esculpidos en una roca en la cámara funeraria de Akenatón, esposo de Nefertitis, pero no los habían encontrado antes porque la piedra estaba colocada al revés, con la cara tallada hacia el interior de la pared. El motivo por el cual el faraón había querido ocultar la información aun lo desconocía, pero intuía que la revelación iba a ser transcendental. Y también presentía que otro personaje, Neferneferuaten, jugaba un papel importante en la desaparición de la reina consorte, ya que aparece en los grabados históricos al mismo tiempo que desaparece ésta.

Williams estaba ya inmerso en sus comprobaciones y anotaciones cuando golpearon insistentemente la puerta de su despacho. Al abrir, solo encontró una caja en el suelo y una nota que decía: “Ella acabó con su vida para seguir liderando a mi pueblo. La civilización no lo hubiera aceptado antes, igual que no lo aceptará ahora. Olvide el asunto o habrá consecuencias”.

Sorprendido y algo asustado, comprendió que sus investigaciones e interpretaciones del jeroglífico no iban desencaminadas y que estaba frente al primer caso de cambio y suplantación de identidad.

Volvió en sí de sus cavilaciones y advirtió que aun sostenía en las manos la caja. Al abrir la solapa, decenas de escarabajos, negros y brillantes, corrían y chocaban nerviosos deseando salir del pequeño habitáculo en busca de comida…



Gema Frías Luque
AMASIJO DE HUESOS

Heredé el oficio y la vida de calamidad de mi padre. Cada amanecer nos llevaban en fila y encadenados hasta la cantera donde pasaríamos bajo el intenso sol jornadas interminables picando piedra bajo la atenta mirada de los soldados tiranos del reino, por la limosna de una mísera comida fría y dura al día.
A base de martillo y cincel esculpimos las piedras que serán llevadas por fieles como yo, hasta los límites de la fortaleza para la próxima construcción de un palacio del futuro rey que tan solo tiene seis años de edad.
Por buen comportamiento, por mi estatus y fidelidad al rey me han prometido liberarme cuando mi cuerpo no me permita desarrollar la actividad, cuando mis fuerzas no puedan sujetar el martillo, cuando mis pies dejen de caminar, cuando mi cuerpo desvalido no responda, ni siquiera a mis órdenes.
Aunque ese momento es lejano e incierto es la única fuerza que me mantiene vivo para seguir caminando, atado a estas cadenas, buscando la manera de soltarlas, buscando el camino para entregarle mi alma impoluta a los dioses, para que sigan manejándome, porque yo no sé hacer otra cosa, con la única pretensión de alcanzar el descanso y la paz eterna.
Y cuando muera sé que no tendré derecho a duelo, a elegir mi sarcófago, el ajuar que me acompañe a mi otra vida, a sacrificios de animales, ni siquiera a reunir a todos mis amigos y familiares para festejar mi muerte con un gran festín… un amasijo de huesos que yacerán apilados, unos contra otros, en una zanja cualquiera, ya las cadenas no me harán daño, mi alma libre buscará otro destino, otra nueva vida o tal vez una historia con matices totalmente diferentes...


Rafa Núñez Rodríguez

EL CÍRCULO

El sudor se me va escurriendo espaldas abajo, y eso que todavía no habían llegado los meses de los mosquitos. Gritos y chasquidos de cuero llenaban el ambiente de nervios, los capataces no solían usar el látigo, pero se les veía nerviosos, decían que vendría hoy, y todavía faltaban las piedras que cortarían el cielo por colocar. Aprieto la soga contra mi hombro y empujo con fuerza, mientras cambian los troncos para seguir avanzando. Echo un vistazo hacia el horizonte y veo como se acerca con impaciencia una gran nube de polvo.

Polvo de cochinilla y raíz de curcuma, por fin había conseguido el color perfecto para las ropas de Amón. Sería el mosaico que me abriría las puertas del más allá, Isis y Osiris caminando junto a Ra, y el gran faraón caminando sobre los muertos. En cuanto termine las últimas pinceladas iré a sentarme junto a la áspid, para esperar el descanso eterno, pero antes tengo que encontrar el color del Nilo y sus tranquilas aguas.

Aguas blancas acarician mi piel, mientras las doncellas me frotan con nervios y placer. Hoy son todas nuevas, ninguna ha visto a Nefertari, esposa de Ramsés, y me miran asombradas, saben de mi belleza, pero ignoran su destino, serán las elegidas para servir a mi señor en el cortejo infinito, mientras yo dormiré rodeada de promesas eternas y riquezas para vivir bien en la otra vida.

Vida es lo que me comenzaba a faltar, aún siendo Ramsés II, por eso quiero ver cómo estaba siendo terminada mi tumba, mi camino hacia la senda de los dioses, esa obra que me subiría a los cielos eternos, y hoy es el día en que el Sol se verá apagado por La Tierra, el día en que todo estará terminado, los dioses acompañándome en las paredes de mi recámara, las plañideras rodearán mis sueños. Ya falta poco, mientras nos vamos acercando rodeados de polvo y silencio, veo a los trabajadores colocando las últimas piedras, las que pincharan el suelo de los dioses. Y mientras me voy acercando, mi frente se llena de sudor.



María Jesús Campos Escalona

LA CAIDA DE UN IMPERIO

Todo lo que amé y por lo que luché está muerto o arruinado. Mi imperio cae en ruinas, las aguas del Nilo se tiñen de rojo.
¡Octavio quiere mi belleza, mis riquezas, poseerme!... sólo con pensarlo... cierro los puños con fuerza. ¡Pero a mí no me tendrá, nunca me tendrá!
Llamo a mis doncellas para que llenen el estanque con pétalos y flores de distintos y bellos colores. Me desvisten lentamente, las ropas van cayendo con suavidad por mi blanca piel. Voy entrando en el agua, mis pechos pequeños, pero turgentes, notan el agua fría.
Le digo a una sirvienta que acerque la urna. Titubeando y nerviosa, la coloca en el borde del estanque. Le quito la bella tela que la envuelve. Pronto la veo, es inquietante, bella, única, como yo. Meto mi mano y rápidamente la áspid cumple su cometido.
Una fuerte corriente me envuelve el brazo, nuevamente noto otra descarga.
Poco a poco voy cerrando los ojos. Sonrío con tristeza. Ya ha acabado todo.
¡Yo, Cleopatra, reina de reyes, de inteligencia extraordinaria no me dejé atrapar por el yugo inquisidor y las leyes de Octavio Augusto, emperador de Roma!


Cande  Molina Mostazo
GUAPOS POR DECRETO
Y allí estaba yo mirando fijamente el cuadro. El museo Egipcio del Cairo es impresionante. ¡Cómo me hubiera gustado vivir en esa época! Treinta siglos obsesionados con la eterna seducción.

‌Voy fascinada entre galería y galería del museo, en las pinturas se aprecia la extrema coquetería, veo muchos cuadros donde sus protagonistas van desnudos, debe de ser por el clima tan húmedo y cálido, con esas temperaturas no se iban a poner abrigos de lana, es de sentido común. Me encanta como van casi desnudos, sin ningún tipo de pudor, ahí es justamente dónde yo me imagino en esa época, disfruto y gozo de esa libertad y de esa naturalidad, no hay ni un cuadro donde alguna dama sea fea, vieja, obesa, no hay carnes flácidas, no hay pechos caídos. 

Los artistas egipcios tenían el mejor Photoshop de todos los tiempos por eso yo estaría encantada de haber vivido allí y que me hubieran pintado una melena lisa con flequillo cuadrado, extensiones, o pelucas de quita y pon, a pesar de tener mi pelo rizado, saldría con los glúteos reducidos. Los pintores egipcios transforman a sus modelos en mujeres y hombres esbeltos, firmes, cierro los ojos y me imagino pintada sin mis defectos, sin mis kilos. 

Su lema era pintar belleza, mujeres esbeltas sin tus malformaciones, era magnífico como era su visión, a pesar de la realidad de lo que observaban porque su percepción no era nada real, por muy gorda o arrugas que tuviera la mujer siempre salía delgada, marcando curvas y con un rostro maquillado de plena juventud . Y es que los egipcios tenían un decreto ley, todos debían ser hermosos, tanto si lo eran como si no, la belleza era su tradición más importante. 

Cierro los ojos y me imagino con mi vestido de lino y mi perfume de alcanfor dejando frescura a mi paso, enamorando a cientos o a miles de egipcios metro sexuales, porque los hombres allí iban depilados y maquillados, definitivamente una mujer como yo llena de imperfecciones tenía que ha de nacido en aquella época. ¿Alguien sabe dónde puedo poner una hoja de reclamaciones?.


sábado, 30 de mayo de 2020

El blog del Club de Lectura y Teatro de La Viñuela supera las 10.000 visitas.



Nada hacía presagiar cuando, en el mes de junio de 2019, creamos este blog, con el objetivo de informaros de nuestras reuniones y actividades, en un intento de acercaros la cultura a vuestros hogares, que se convertiría en una herramienta fundamental para este Club de Lectura y Teatro de La Viñuela. 
Ha cobrado especial importancia, más aún, durante esta pandemia, ya que ha sido nuestra ventana por donde comunicarnos con el exterior. 
Nos ha permitido proponer actividades, y a su vez nos ha mantenido activos durante todo el período de confinamiento, actividad que nos ha hecho evolucionar y mejorar notablemente nuestra habilidad de escribir. 
Hemos participado en distintos concursos literarios y hemos enviado diferentes textos a diarios de la provincia, siendo publicados gran número de ellos. 
Tras la difusión de nuestros artículos en facebook hemos podido comprobar que tenemos un gran número de seguidores en nuestro blog. 
Estamos muy agradecidos de tener tantas personas que nos leen diariamente, tal es así, que en estos días hemos visto como nuestro contador de visitas se ha disparado vertiginosamente alcanzando la friolera de 10.000 visitas. 
Hemos decidido daros las gracias en este artículo y queremos animaros a que participéis de nuestras actividades y si os atrevéis a escribir algún microrrelato de algún tema sugerido en este blog podéis enviarlo a nuestro email clublecturavinuela@gmail.com. 
Haremos publicaciones con los relatos recibidos con la intención de fomentar y contribuir a la cultura.

miércoles, 27 de mayo de 2020

LO QUE ME CUENTA UNA FOTO. MUJER.



Queremos compartir con vosotros esta actividad que nos ha resultado muy constructiva. Se trata de elaborar un relato, sin límite de palabras, a partir de la observación de una fotografía, elegida al azar, y plasmar la historia que te sugiere dicha imagen, o hilar pensamientos que te provoquen,... en definitiva, dejar correr la imaginación y la creatividad literaria. Os daréis cuenta que cada persona al observar la imagen la ve con un matiz diferente, o se fija en un detalle concreto. Así cada escritor desarrolla una historia sorprendente y novedosa que nada tiene en común con la del compañero, salvo la imagen en la que está basada.
Esta es la imagen que hemos elegido en esta ocasión. Esperamos que disfrutéis de los relatos. 



Gema Frías Luque
OLOR A LIBERTAD
La guerra también me salpicó y me empujó al frente, quería alzar mi voz al viento y unirme a la lucha feminista. Sentía un fuerte compromiso con el mundo, con las personas y necesitaba entregar mi vida a los demás y revolucionar el futuro luminoso que doblegaba la dictadura. Necesitaba reivindicar y luchar por la figura difuminada y teñida de la mujer, dejar de ser pobres desvalidas, procreadoras y sometidas…
Con un arma en la mano esnifando el olor a pólvora me sentía más valiente y fuerte para luchar. No era el mejor momento realmente, pero no podría describir la fuerza de sentir en mis manos aquella frialdad que me propinaba el acero de mi fusil.
Algunas quedaríamos atrás, pero siempre muchas de nosotras venceríamos  y volveríamos victoriosas de saber que habíamos luchado por una causa justa, o eso quería pensar.
Los primeros días estaba impactada por el silbido de las balas, pero el miedo se congeló al ver al primer soldado luchando por respirar tras atravesarle varias heridas de metralla en el estómago.
Tras cuidar a los enfermos cocinábamos y nos manteníamos siempre en la retaguardia, haciéndonos cargo de la soledad, de la tristeza por los que sufrían, y de la pena por los que se iban para siempre.
Toda esa lucha tenía sentido si pensabas en la palabra libertad, ante la miseria y falta de alimentos, el olor a la muerte se respiraba cada día, pero agachabas la cabeza nuevamente y seguías pensando en tu libertad y la de los tuyos.

Rafa Nuñez Rodríguez
CAMINANDO HACIA LA SINRAZÓN
A veces una sonrisa se hace eterna, y el cielo la refleja de cuando en cuando.
Sus pasos son libres, enérgicos,  sabedora de la verdad y con la responsabilidad de demostrarla.
Sueña con la justicia, pero no con la que lleva al hombro, esa huele a pólvora y lamentos, con la que las hará iguales a todos. Ella camina hacia el infierno con la luminosidad de la razón,  gritos de libertad vuelan hasta el infinito azul,  y llenarán las nubes, que desagradecidas solo dejarán caer lágrimas.
Lágrimas y polvo, que taparan las bocas y ahogarán los sentimientos de esa sonrisa, que un día  caminó con orgullo, junto a sus compañeras.

Rafa Núñez Rodríguez
SONRIENDO A LA LIBERTAD
Se llamaba Patricia,  como su abuela. Sí, esa que ya no estaba, pero que siempre la tuvo mamando de su sapiencia.
Tenía el mismo brillo en la mirada,  la misma necesidad de luchar por lo que le parecía justo, y se veía en ella, pero su abuela no llegó a envejecer, se fue demasiado pronto.
Hoy la recordaba mientras de apretaba las correas del fusil, esperaba no tener que usarlo nunca, seguro que todo quedaría en una pequeña revuelta,  no podrían quitarles sus libertades, ella no entendía que hubiese gente que llenasen de sangre su odio.
Aunque un bastante nerviosa y asustada,  se sentía feliz de poder defender sus ideales.
El fusil le pesaba en el alma, pero bajó a la calle, ya la estaban esperando las demás,  comenzaron a caminar por el centro de la calle, con la cabeza alta, y entonces se cruzaron con quien le dio una sonrisa eterna, y mientras él las reflejaba en la memoria, ella le gritó:
-- Que se acuerden de Patricia, y de todas las que caminamos sonriéndole a la libertad.
Y siguió andando como tantas otras, y se perdió en el horizonte,  sobre el rojizo atardecer que se haría tan largo.


M. Carmen Jiménez
BALAS Y DISPAROS
Aquella mañana amaneció un cielo radiante. Nadie hubiera dicho que llevábamos meses sumidos en el caos más profundo y que los ánimos, al igual que nuestro estado físico, planeaba ya a un centímetro del suelo. Mientras recogía mi habitación caí en la cuenta de que aquella noche no me había despertado sobresaltada por el rugir aéreo como ocurría algunas noches desde que empezó aquella maldita guerra. Sobre nuestra ciudad nunca habían descargado los bombarderos, éramos políticamente insignificantes. Las bombas las reservaban para la capital, pero sí solían tomar la ruta que nos colocaba como población más cercana a su objetivo acercándose por el norte.

Sea como fuere, había sido una noche tranquila. Afuera ya se escuchaban las voces de mis hermanos pequeños sentándose a desayunar. Como no tenía que perder el tiempo vistiéndome (porque todos dormíamos con la ropa y los zapatos puestos por si había que salir corriendo), me incorporé inmediatamente a ellos. Mi madre servía la leche en los tazones y mi hermana mayor arrimaba un cuenco con cuscurros de pan. En ese momento irrumpió mi padre en la cocina vociferando palabras ininteligibles, inconexas. Estaba muy alterado. Cuando logramos calmarlo nos explicó que, mientras volvía de la fuente con el cántaro de agua, se  había encontrado con un reportero que no dejaba de sacar fotos y que aseguraba que la guerra había terminado, que pronto tendríamos a nuestros soldados en casa.

Mamá nos dejó ponernos la ropa de domingo y salir a la calle a celebrarlo, no sin antes obligarnos a rebañar de los tazones hasta la última gota. Así que me coloqué mi vestido de círculos blancos y negros, me recogí el pelo en dos pequeñas coletas y me cogí de la mano de mi hermana para salir a corretear las viejas calles. No tardamos en ver los primeros héroes que llegaban, abrazando a todo el que se encontraban en su camino. Nuestra prima Ana lloraba de alegría saltando sobre su prometido, que la sorprendía la doblar una esquina. Todo era júbilo e ilusión, y agradecimiento por tener de vuelta a un hermano, a un hijo, a un padre,… incluso a un vecino.

Entre risas y bromas los chicos nos dejaron probar sus gorras y empuñar sus armas. Entonces alguien se acercó inesperadamente y nos preguntó: “¿Os puedo disparar una?” Mi prima Ana no pudo aguantar la risa, pero las demás nos contuvimos como buenas guerreras.

Cande Molina Mostazo
MUJERES CON HISTORIA
Rosario siempre había sido una niña inquieta, su madre no paraba de regañarle y de pedirle que se comportará como una "mujer de su casa", quería que  aprendiera a bordar, a cocinar, a planchar bien las camisas y los pantalones para ser una buena esposa. Pero Rosario no había nacido para ser la criada de ningún marido por muy enamorada que estuviera de éste, ella siempre rebelándose contra su madre e incluso con su padre. Menudo atrevimiento el suyo, eso era impensable en aquellos años. Rosario no entendía por qué por el simple hecho de ser mujer no podía tener  los  mismos derechos que su hermano. Ella quería estudiar y dedicarse a los negocios de la familia y no podía comprender como sus padres, a los que amaba profundamente, desalentaran  sus sueños e intentaran cambiar sus pensamientos. Se prometió a sí misma que jamás se dejaría embaucar y no se iba a convertir en mujer criada, ni portadora de docenas de hijos.
Rosario era fuerte y su ideología era más fuerte aún, era una luchadora incansable por la igualdad entre hombres y mujeres y pronto se introdujo en las juventudes  socialistas. Cuando estalló la guerra civil española no parpadeo ni un segundo y se unió  a las milicias con sus compañeras de la fábrica para luchar por sus derechos y sus ideologías.
Aunque rebosaba el  miedo en sus ojos, su sonrisa iba derramando esperanza.
Así iban erguidas, con paso firme y sus gorros cuarteleros con su borla roja y su mosquetón al hombro. Ahí iban mujeres valientes, fuertes, deseosas de luchar y defender su libertad.
Pobres ilusas, a pesar de combatir en las trincheras como un hombre más, sus mismos compañeros de batalla no tenían su mente preparada para ver cómo la mujer podía realizar la misma labor que un hombre.
Siempre seréis mitos y heroínas de un país que siempre estará en deuda con vosotras.



Dori Calderón Ramos
MUJERES DE ARMAS TOMAR
La primera vez que la tuvo entre sus manos se sintió poderosa, con aquella arma defendería los derechos, la libertad y la vida de muchas mujeres y hombres con sus mismos ideales.
Llevar a cabo esa lucha junto a otras mujeres le hacía sentirse orgullosa, nunca pensó que fuese tarea fácil pero era necesario.
Por eso, cuando la primera de ellas fue detenida, rapada, paseada y humillada no supo si le pudo más la rabia o el miedo, y se enfrentó con esa rabia en su corazón al enemigo pero sin mostrar miedo alguno en sus ojos, aunque sabía que sería la siguiente. 

María Jesús Campos Escalona
UNA DE MÁS 
Mi abuela fue una de esas valientes mujeres que se unieron en la lucha por la igualdad y estuvieron en plena  línea de combate. Dejó  escritos varios diarios, y yo hoy, me deleito en leerlos una y otra vez. Cuenta sus miedos e incertidumbres; el dar ese paso le tuvo que costar  mucho. Tuvo que romper lazos familiares muy fuertes, su madre le lloraba con dolor para que desistiera de la idea y su padre no le miraba a la cara. Cuando cogió por primera vez un arma, le temblaban tanto las manos que le fue inevitable pensar si hacía o no lo correcto. Pero al momento le venían ideas de justicia, tolerancia  e igualdad  y la necesidad de luchar por un futuro más alentador la poseía. 
En el frente vio tantos muertos, que sus ojos muchas veces, se tuvieron  que  volver impasibles para poder soportar tanto dolor. Uno de los momentos más difíciles fue perder a su prima Carmen. Juntas, habían iniciado esa dura batalla y verla en una trinchera agotada y desangrándose... la imagen de sus manos haciendo  presión sobre la herida de bala y ver la sangre como manaba a borbotones  sin poder evitarlo,  la marcarían por siempre. 
En el diario también  cuenta,  lo enamorada  que estaba de Andrés,  un joven bien lozano, y cómo se miraban en la verbena del pueblo. Esa noche se prometieron amor eterno, y mi abuela se sintió  dichosa y feliz. Más  tarde cuando Andrés se enteró de sus ideas revolucionarias, su amor por ella desapareció de la noche a la mañana y se casó con Adela, la hija del boticario.
Y yo, que hoy suspiro  al leer la historia de toda una vida, no puedo más que postrarme a sus pies. Siento admiración, orgullo y respeto,  por todas esas mujeres valientes que rompieron estereotipos, creencias equivocadas y que crecieron en una sociedad que no entendió que sus ideales y su forma de pensar, iban mucho más  avanzados, a la época  en la que les tocó vivir. 
Fieles a unas convicciones alzarían sus armas por un mundo más justo, guerrilleras que marcarían para siempre, el reflejo de toda una época.