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martes, 7 de enero de 2025

II. EL RELATO INVISIBLE


Hola amigos y amigas del mundo. Este club de lectura os propone realizar este sencillo y entretenido juego. Se trata de escribir un texto literario, una historia, de forma anónima. Tu creación impresa la meterás en una caja junto a la de tus compañeros y, por turnos, cada uno elegirá una de ellas al azar y la leerá en voz alta. Al finalizar las lecturas jugaréis a adivinar quién es su autor. Es otra vuelta de tuerca que te ayudará a conocer más sobre las personas que comparten contigo la afición de la lectura y la escritura.

En nuestro caso, pusimos dos condiciones que debían darse en todos los textos:

-tener un mínimo de 180 palabras

-comenzar la historia con las palabras A PAPÁ NOEL SE LE OLVIDÓ...

Podéis leer lo que resultó de este divertido ejercicio a continuación.

EL MEJOR ABUELO

A Papá Noel se le olvidó llegar a mi casa este año, y yo sé que es por mi culpa.

Mi papá dice que quizás no puse bien la dirección en la carta, pero la dirección era correcta. Mamá dice que no me preocupe, que el próximo año le pediremos dos regalos para mí, que seguro que se ha despistado y que hay que entender que el pobre Papá Noel tiene mucho trabajo en Navidad. Me dan excusas para que no me sienta mal por no haber recibido regalos, pero ellos ignoran que el único culpable soy yo.

Mis padres no lo saben, pero algunos días no hice todos los deberes, por eso mis aprobados de lengua e inglés son tan ajustados, y no porque las seños de esas asignaturas me tengan manía. Creo que lo importante es que al final me esforcé y conseguí aprobar, pensé que Papá Noel no me tendría en cuenta esos días de pereza, creo que no volveré a hacerlo, no me trae cuenta.

Hoy es el día de Navidad y vamos a casa de los abuelos a comer. Los abuelos no pudieron cenar anoche con nosotros porque el abuelo no se encuentra bien, así que hoy toda la familia se reunirá en su casa para celebrar la Navidad.

Mi abuela me recibe con un gran abrazo impregnado de olor a galletas, esas que siempre hace cuando la familia se reúne y, mientras la abrazo, descubro que debajo de su árbol hay montones de regalos. ¡Ahora lo entiendo! ¡Papá Noel dejó los regalos en casa de mis abuelos! Seguro que lo ha hecho para que el abuelo pueda emocionarse como todos los años cuando abrimos los regalos, sus ojos brillan cuando nos ve reír y saltar emocionados, cuando sonríe así, mi abuelo me recuerda a Papá Noel.

Yo pretendo abrir los regalos ya, pero mi madre dice que no se abrirán hasta después de comer y me manda a lavarme las manos. Bueno, puedo esperar un poco más.

En el baño me lavo las manos mientras le sonrío al espejo, soy muy feliz porque la Navidad vuelve a ser como siempre. No hay toalla para las manos, así que abro el armario para coger una y al abrir la puerta cae una bolsa desde la estantería de arriba, la abro con cuidado y ante mi asombro descubro una chaqueta roja muy familiar y un gran cinturón negro... ¡Ostrasss, mi abuelo es Papá Noel!

Dori Calderón Ramos

 

EL SECRETO MEJOR GUARDADO DEL MUNDO

A Papa Noel se le olvidó coger la lista con los nombre y direcciones de todos los niños y niñas que le habían pedido un regalo, así que tuvo que confiar en su memoria y en el espíritu navideño mientras surcaba los cielos. Abandonó Laponia para empezar a repartir en los lugares más alejados y terminar así cerca de casa.

Traspuso primeramente a América. Nada que ver el sur con el norte, el territorio latino lo dominaba una Organización Real llegada desde oriente que acaparaba la clientela en los últimos dos mil años. Sin embargo, el reparto en el norte siempre le resultaba agotador.

Volvió a cruzar el océano aterrizando al norte de África, esa zona la tenía controlada. Hace años que desistió de adentrarse más en el continente buscando adeptos, por lo que en poco tiempo pasó al continente europeo.

Europa, ufff… ¿Cómo podía provocarle tanta ilusión y temor al mismo tiempo? Incluso tenía pedidos en hogares que después visitarían los de la Organización Real, eso le provocaba un estrés añadido pues no dejaba de pensar en las comparaciones que harían los pequeños entre los regalos recibidos. Ya se sabe lo que se dice, la sinceridad de los niños puede resultar cruel. Recorrió el continente de Oeste a Este y, de vez en cuando, recontaba los paquetes que aún quedaban en su mágico saco. Sabía que al continente asiático no tenía que pasar, ese lo daba totalmente por perdido, pero aun así se dio cuenta de que le faltarían regalos. ¿Cómo había podido pasar algo así? Coches, puzles, juegos de mesa, bicicletas…, estaba todo contado.

Por fin llegó a su última parada y, efectivamente, el saco estaba vacío, no tenía regalo para entregar. Intentando controlar el pánico, pensó en una solución y, con unas ramitas caídas de un árbol, improvisó una pistola y un tirachinas. No era lo que el niño había pedido, pero ya inventarían algo sus padres para salir del paso.

Terminado el trabajo, volvió a casa y le contó a su esposa cómo le había ido la noche, incluido el incidente de la última entrega. La señora Noel se echó las manos a la cabeza, sabía que aquello traería consecuencias fatales: olvidarse el regalo de un niño y, encima, regalarle juguetes violentos, era la mayor catástrofe que podía suceder.

Varias semanas después recibieron una carta:

Jamás olvidaré que me hicieras sentir menos importante que mis amigos. No me trajiste los juguetes que pedí, pero en un futuro haré que me sirvan para que todos conozcan quién soy y nadie más vuelva a reírse de mí. Recuerda mi nombre. Infeliz Navidad.

Volteando el sobre, leyó el nombre del niño: Vladimir Putin.

Mª Carmen Jiménez Aragón

 

¿SE PUEDE?

A Papá Noel se le olvidó ponerse los calzoncillos. Salió apresurado con los últimos regalos bajo el brazo y subió al trineo. Cuando, en Oriente, había acabado de repartir los regalos empezó a notar una picazón en el trasero. En la siguiente casa fue al baño a hurtadillas para mirar qué pasaba. Con los pantalones por las rodillas y el tronco girado para verse el culo, se abrió la puerta. Era Juan, el padre de familia. Se cruzaron la mirada y, ahogando un grito para no alertar a su hija, se fue a buscar algo para golpear al ladrón. Con los nervios, su torpeza le hizo regresar con un matamoscas, pero Papá Noel había desaparecido. Lo buscó en la despensa, detrás de las cortinas, en el trastero, pero no había rastro de él.  Se fue al salón para inspeccionar qué había desaparecido, sin embargo, todo permanecía en su lugar, salvo los regalos de Navidad. Desconcertado volvió al baño. En el espejo había escrito un mensaje. Entonces los recuerdos emanaron a borbotones.

 Cuando era pequeño se había cruzado con esa mirada. Tenía 11 años y sufría bulling en el colegio. Desesperado y aun sabiendo la verdad, escribió una carta a Santa Claus para que cesase aquella situación.  El 22 de diciembre de aquel año, al acabar el cole, un hombre disfrazado felicitaba a todos los niños que iban saliendo. A Juan lo miró y le dijo: valiente no es el que ataca, valiente es el que se defiende. Aquel consejo le cambió la vida.

 Emocionado y abrazado al matamoscas, se sentó en el sillón.  Pero, ¿por qué se habría llevado todos los regalos de su hija? Entonces comprendió. Su hija no necesita más juguetes que añadir a su inmensa colección. Necesitaba un padre presente que le diera el regalo que más necesitaba, herramientas para que la niña de clase que la acosaba dejara de hacerlo. Aquella era la verdadera magia del Espíritu de la Navidad.

Monse Martínez Serrano

 

EL VIEJO ÁRBOL

A Papá Noel se le olvidó pasar por aquí. No sé por qué, pero me siento triste, más aún que en Navidades anteriores. Las ramas de plástico se me hicieron viejas, lucen mustias y desteñidas, ya han perdido el brillo verde de años atrás.

De vez en cuando se me escapa una sonrisa, recuerdos lejanos de risas infantiles serpenteando entre mis cintas de colores, pequeñas manitas traviesas me colgaban bolas y estrellas luminosas. Ya no hay destellos, ni lazos, ni cajas envueltas en papel de regalo abrazando mi torcido tronco.

El siete de enero volveré a cobijar mi vulnerabilidad en el interior de mi raído embalaje de cartón, me regalaré todos los ratos que necesito para recoger mis pedazos rotos y, así, cachito a cachito, iré recomponiendo cada rama desgajada con tiritas de paciencia y mercromina  de perdón.

Aunque ya no doy la talla en ninguno de los moldes establecidos, protegeré mi sitio de depredadores de energía, regalándome silencio, paz y benevolencia.

Así, esperaré al nuevo año y después de doce meses llegará otra Navidad, y volveré a lucir mis viejas cicatrices en el rincón del salón, y tal vez, otras manitas ayuden a colgar bolas de colores y cintas brillantes en mis ramas. Quizás otras risas infantiles recorran el pasillo entre abrazos y algarabías de los abuelos. 

Dormitando en mi vieja caja de cartón, abrazaré mis sombras y me amaré imperfecto.

Así, espero otra Navidad más.

Laura Pérez Alférez

 

A PAPÁ NOEL SE LE OLVIDÓ

A Papa Noel se le olvidó su típica chaqueta roja y el gorro del mismo color, o más bien los dejó en el trineo, pues tenía mucho calor y la humedad era imposible.

   Tenía mucho que hacer, cada vez más regalos, y más hogares en los que dejarlos. Primero trabajó en unos pocos de países, pero se fue corriendo la voz de que llevaba regalos para los niños, y que en una sola noche colmaba de alegría a infinidad de familias.

   Y ahora estaba con las manos aprisionadas, con la cara aplastada contra el suelo, la pesada rodilla de un corpulento mulato que solo llevaba un gracioso bóxer amarillo con un piolín impreso en la parte que más le abultaba, presionándole las costillas, y un chorreo de exclamaciones que no terminaba de entender. Pues eso es otra, ahora iba a muchos países que incluso desconocía su situación exacta, o más aún, lugares en los que estaban en verano, eso era antinatural para él. Pero es lo que tiene la fama, todos los niños querían su regalo de Papá Noel.

   El armario empotrado que lo tenía inmovilizado aflojó un poco al ver bajar por las escaleras a una mujer que vestía unas finas tiras de cuero negro y acariciaba con gracia una pequeña fusta.

   Papá Noel comenzó a patalear a la vez que señalaba hacia la chimenea, la mujer se puso a su lado y le dio a su amigo unas esposas, en un segundo sus muñecas notaron el frío del metal. El mulato se puso frente a él, se bajó el bóxer y enseñando unos dientes tan blancos como la nieve que tanto estaba añorando nuestro Santa en este momento, le gritó “HO, HO, HOOO”, y por una vez, después de bajar por una chimenea, fue Papá Noel quien recibió un regalo, o tal vez dos.

Rafa Núñez Rodríguez

 

SE LE OLVIDÓ…

A Papá Noel se le olvidó dejarme el regalo que aquel año le había pedido, se lo pedí por carta, se lo pedí a solas, hablando con él en el silencio de la noche en mi habitación como si estuviese allí conmigo y pudiese verme agarrada a la almohada con mi cara llena de lágrimas y mis manos unidas a modo de súplica pidiéndole aquel…, aquel ansiado regalo.

Se le olvidó… porque a lo mejor no me lo merecía, o porque había gente en el mundo que lo merecía más que yo.

Se le olvidó... solo era uno, solo uno y, por algún motivo que yo desconocía, no me lo dejó.

Se le olvidó… y llegó ese día, día en el que nos reuníamos toda la familia junto a un montón de regalos, cada uno con un nombre…, nombre que papá leía en voz alta y entregaba a quien correspondía compartiendo risas, abrazos y besos. Pero ese año nadie leyó los nombres en voz alta, porque a Papá Noel se le olvidó mi regalo y no consiguió que mi padre siguiese vivo esas Navidades.

Lourdes Sánchez Jiménez

martes, 31 de octubre de 2023

¡RELATOS DE MIEDO!

Ulla Ramírez
LA FORTUNA
    Aquella noche de invierno, una planta que me triplicaba la estatura con una flor gigante y negra como el carbón, rompió con furia y gran estrépito los cristales de mi ventana y se coló en mi salón. Sí señores, la planta me asaltó y me quería comer. Lo juro como que me llamo Pierre. No sufro de alucinaciones, ni estoy loco, aunque los envidiosos de mi actual fortuna lo murmuren por ahí.
    Tras un forcejeo que duró lo justo para no perder el aliento, logré escapar de los largos y retorcidos brazos de la invasora, no sé si por mi propia pericia o por decisión de aquella flor, que me lamía el cuerpo y el rostro con sus gigantescos y pegajosos pétalos negros. Quién sabe, puede que intuyera cuál sería su futuro si me dejaba con vida.
    Yo había oído contar que en el pasado la flora de este lugar gozaba de una frondosidad fuera de lo común, debido al abono extraordinario que este terreno había almacenado a lo largo de los siglos. La savia de los muertos, le llamaban. Y es que parte de este pueblo, como bien es sabido, se asienta sobre un viejo cementerio medieval. La gente contaba que con el paso del tiempo las plantas se marchitaron y murieron. Y fin de la historia, al menos para mí.
    Pero no señores. La mía, mi planta, al parecer, resucitó de pronto aquella noche al olor de mi carne y de mis huesos frescos. Pero como les digo, le gané la batalla o me dejó ganarla. Y miren lo hermosa que la tengo ahora. El laberinto de sus ramas ocupa todo el jardín y escala por las paredes blancas hasta el tejado de mi hotel, este hotel en el que convertí mi casa.
    Ciento cincuenta euros por muerto y día ¿qué les parece? Ahora hay que esperar hasta una semana para enterrarlos. Hay cola, sí señores. Aunque, a veces, la gente olvida a sus muertos y mi planta lo agradece.
    Ya les digo, ciento cincuenta la habitación refrigerada, incluida una flor negra.
    La historia es gratis.


Laura Pérez Alférez
AMARGA COSECHA
    La obligaron a usar el montacargas del hotel que tenía el apropiado nombre de Abraham Lincoln.
    La invadió un sentimiento de rabia que le hizo apretar los dientes y torcer el gesto al recordarse, de niña, violada a los diez años en la esquina de un prostíbulo. Y las primeras monedas que le arrojaron después de usar su cuerpo, a los doce.
    Con los puños apretados, ocultos en los bolsillos del viejo abrigo, pero con paso firme, caminó hacia el Café Society, el primer bar neoyorquino que legalmente permitía acudir tanto a población negra como blanca.
    Se encontraba sobre el escenario, después de cantar varios temas delante de un público indiferente, aferrada al micrófono dispuesta a cantar su tema de cierre. Tras un minuto de un estremecedor solo de trompeta, cantó con voz rasgada:
    "De los árboles del sur cuelga una fruta extraña. Sangre en las hojas, y sangre en la raíz. Cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña. Extraña fruta cuelga de los álamos. Escena pastoral del valiente sur. Los ojos saltones y la boca retorcida. Aroma de las magnolias, dulce y fresco. Y el repentino olor a carne quemada. Aquí está la fruta para que la arranquen los cuervos. Para que la lluvia la tome, para que el viento la aspire, para que el sol la pudra, para que los árboles la dejen caer. Esta es una extraña y amarga cosecha".
    Al terminar de cantar, el foco sobre su cara se apagó, nadie aplaudió.
    Al volver las luces ya no había nadie sobre el escenario.
  Los espectadores intentaban recuperar el aliento tras asistir a aquella desgarrada actuación.
  Mientras la primera canción antirracista nacía, justo en ese momento, a muchos kilómetros de allí, en España, se ordenaban los últimos bombardeos y se iniciaba una época de terror, intolerancia y barbarie. Empezaba la dictadura. Era la primavera de 1939.


Mª Carmen Jiménez Aragón
POR QUÉ MORÍ
    Se despertó en medio de la noche y quiso ir al baño. Como siempre, tanteó con los pies desnudos el frío suelo, pero no encontró sus zapatillas; juraría que las había dejado ahí al acostarse. Buscó el interruptor en la mesilla, no había luz. Agarró el móvil y caminó descalza cruzando el pasillo, por las ventanas solo se colaba la claridad de la luna. El apagón general debía llevar varias horas, el ambientador eléctrico no desprendía ningún olor. Menos mal que su teléfono aún tenía algo de batería para alumbrar sus pasos.
    Terminó y se disponía a lavarse las manos cuando en el espejo vio la cortina de la ducha ondear suavemente, debía cerrar la ventana o por la mañana encontraría el baño lleno de hojarasca depositada por el viento. Pero se sorprendió al descorrer el plástico y comprobar que la ventana estaba cerrada. Un desconcertante pellizco oprimió su estómago. Decidió pasar por la cocina antes de meterse de nuevo en la cama, seguramente ahora le costaría volver a coger el sueño y quizá tomar algo caliente le ayudara. Al entrar se quedó paralizada, la luz guía nocturna del pasillo estaba enchufada junto al expositor de cuchillos, encendida, faltaba el más grande. Su mente se activó a toda velocidad intentando recordar para qué lo usó y dónde lo había dejado, no quería entrar en pánico. Pero se cruzaba en su razonamiento el detalle de que solo hubiera electricidad en ese punto de la casa, no era lógico. Empezó a ponerse nerviosa al comprobar que, efectivamente, el fluorescente del techo no encendía. Desbloqueó su móvil, buscó en llamadas recientes a su hermana, necesitaba una voz familiar. Y mientras deslizaba contactos, pensaba: “Cómo va a estar tan abajo si hablé ayer con ella”. Súbitamente el televisor se encendió en el comedor y, con el corazón paralizado, asomó la cabeza buscando alguna sombra en la penumbra. Nadie. En la tele, la médium recordaba que Verónica seguiría contactando con su hermana hasta obtener respuestas de por qué la asesinó.


Lidia Molina Zorrilla
VÉRTIGO
    Me vuelve, como hace tiempo, el peso. Noto mis huesos de piedra, como una piedra en mi cabeza, en mi pecho y me convierto en piedra, soy piedra pesada que no avanza.
    Una pluma quiere enseñarme a flotar con el viento, me visita, me cuenta que volar es fresco, es vida. Pero yo estoy anclado al suelo, a mi suelo, a mi vida, a mi mierda.
    Yo soy piedra y esa pluma eres tú.
    Vértigo. Es eso. Volar me da vértigo.
    Los párpados me pesan como el resto del cuerpo. Quiero vencer el vértigo y moverme, ir contigo, al infinito, a la acera de enfrente y más allá, pero no puedo. Abro los ojos, estoy en mi cama, no necesito mirar al lado para saber que no eres tú la que calienta hoy mi colchón, pero, aunque quisiera no puedo girarme. No puedo moverme. Inmóvil solo alcanzo a ver el techo, la puerta entreabierta, la persiana bajada pero no del todo y los cuadritos de luz que ya quieren empezar a entrar. Quiero gritar, gritar tu nombre, pero siento peso en el cuello y la voz me ahoga.
    Tengo la cabeza pegada a la almohada, noto la presión. El contacto del occipital con el algodón es casi doloroso.
    Las costillas caen sobre los pulmones y los oprimen. Empiezo a sentir verdadero pánico.
    Comienzo a agitarme. Quiero levantarme. No sé si estoy soñando, estoy despierto o me estoy muriendo.
    ―Dios, ¿qué te pasa?― una voz femenina.
    Giro mi cabeza. Respiro muy rápido. He despertado a la chica y me mira aterrada.
    Yo también estoy despierto. Consigo sentarme en la cama, no sé qué ha pasado.
    ―Perdona, una pesadilla―, aunque no estoy seguro de que haya sido una pesadilla.
    ―Parecía que estabas convulsionando.
    ―Lo siento.
    ―¿Necesitas algo?
    ―No. Gracias―. Le sonrío, pero esa chica no eres tú. ―¿Podrías marcharte? Siento ser descortés. Puedes usar el baño y coger lo que quieras de la cocina, pero necesito estar solo.
    ―Claro.
    Esa chica usó el baño, cogió una manzana del frutero, me abrazó.  
    ―Cuídate.― Y se fue. Nunca la volví a ver. Parecía maja.


Rafa Núñez Rodríguez
REFLEJOS
    Vuelvo a escucharlo, me muevo cansadamente sobre la cama, he probado a taparme la cabeza con la manta, incluso con la almohada, pero esa gota sigue cayendo en el lavabo, lo atraviesa todo hasta llegar a mi cabeza.
    Me levanto, como llevo haciendo ya una semana, voy al baño, enciendo la luz y, en ese instante, deja de sonar.
    Es la segunda semana seguida y mis nervios quieren abrirme la piel para taponar el grifo. Entonces, casi por reflejo, le doy un puñetazo al espejo del baño. Se ha agrietado creando un reflejo extraño de mi rostro. Vuelve el goteo, pero ahora es la sangre de mis nudillos alimentando la boca del lavabo.
    La bombilla parpadea y cambia la imagen del espejo, es Ana, con el rostro pálido y enrojecimiento alrededor del cuello. Me duelen los dedos, se encorvan como acomodándose a ese cuello que fue el primero, el más callado. Ella confiaba en mí. La alcachofa de la ducha comienza a escupir aire, quizás el que le faltó a ella, pues se va impregnando su perfume por las paredes.
    Otro golpe de luz, ahora me miran unas cuencas vacías de vida, de las que aparecen lombrices rojizas como si le hubiesen quitado el color a la carne de aquel vagabundo. Hago una mueca de asco, olía peor cuando vivía que en el momento de enterrarlo, pero fue divertido, cada hueso partido sonaba diferente y sus ojos mirándolo todo desde mi mano.
    Me retuerzo por un dolor punzante que me atraviesa el estómago, caigo al suelo. Mi vómito me impregna la camiseta de sangre y trocitos de algo que no consigo identificar, quizás pequeños trocitos de cristal, me rajan la garganta al ir saliendo. Tembloroso, intento incorporarme. El goteo suena cada vez más intenso.
    Al ponerme en pie veo que ahora el espejo refleja a mi hermana, pero antes de que me enfadase con ella. Se la ve feliz, sin la piel atravesada por el cuchillo de la cocina. Dibujé líneas por toda su piel, con curiosidad por saber qué habitaba en su interior.
    Con la mano ensangrentada, me limpio la boca y lo que consigo es llenar de sangre toda mi cara, notando ese sabor espeso que me hace sentir culpable, pero que tanto necesito.
    Otro relámpago atraviesa la luz y vuelve a hablarme el espejo. Una leve sonrisa llena mi boca mientras con la lengua lamo la sangre que hay en mis labios.
    Ahora en el espejo te reflejas tú.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

HOMENAJE AL INVIERNO

 


Dicen que más vale tarde que nunca y ya tenemos aquí al Invierno, que trae consigo nuevas historias, nuevas palabras, nuevos colores... El frío llega atrasado, como siempre, sin echarle cuentas al reloj o al menguar de los días. Este artículo hemos querido dedicarlo a esa estación del año que nos provoca tantas emociones encontradas, que nos regala momentos únicos envueltos  en gélido abrazo y que, a la vez, nos invita a disfrutar de las cosas cotidianas de la vida... Cada persona vive esta estación desde una perspectiva y le provoca emociones diversas, incluso sus colores podemos verlos con distinto brillo. Hay quien solo ve el blanco níveo, el gris nube o el negro cerrado de la larga noche. Pero también está el naranja, ardiente y fogoso, de la leña crepitando, las luces multicolor de las fiestas y el arco iris colgado en el cielo. Lo cierto es que el invierno no deja a nadie indiferente, y así lo hemos querido plasmar, ya sea en relato o poema, para dar un homenaje a estos días del año, en que los rayos de sol se agradecen y la pluma no se cansa de arrojar creatividad.

Esperamos que disfrutéis con la lectura.

 

Dori Calderón Ramos

ES SU TURNO

Hacía ya algún tiempo que esperaba pacientemente que le dejasen entrar, lo intentaba cada día desde que la oscuridad comenzó a robarle un trocito al Alba y otro trocito al Ocaso, y aunque al amanecer lograba rozar con sus dedos las frágiles florecillas y tenues hierbas, no conseguía imponer su orden, pues el rey Sol tenía demasiado consentida a la caprichosa Calor, y le permitía quedarse más de lo debido.

Él, paciente y comedido callaba y esperaba, más pronto que tarde llegaría su turno, y nadie podría impedir su dominio.

Pero de nuevo este año, la Calor se burlaba de él, negándose a marchar y robándole su tiempo.

Aquella mañana se levantó antes que el Alba y comenzó a extender su alfombra de hielo, cubrió el cielo de cúmulos para impedir el paso de los rayos de Sol, pintó las cimas de blanco y desde la más alta sopló fuerte, y hasta nosotros llegó el aire helado que anunciaba su llegada.

Cuando el Sol quiso pasar entre las nubes miró a su mimada Calor y le dijo:

-Quédate en casa y descansa, el Frío se cansó de esperar. Ahora es su turno.

 

Rafa Núñez Rodríguez

NUM

Parecía como si el cielo se hubiera desplomado sobre el suelo, un cielo de esos de nubes blancas tan bonitas.

Pues resulta que  sus pies, al salir del hueco del árbol, allí donde había pasado la noche, se encontraron con una alfombra tapando el paisaje, una de esas tan bonitas, tejidas con hilos blancos de fría nieve. Sus ojos se abrieron como si fuesen dos lunas llenas. Intentó ver alguna mancha de color en el horizonte, pero el gesto de su ceño anunciaba que no había sido posible.

Num era uno de los pocos kender que nacían de sangre fría,  así que eran amantes furtivos del sol y, durante la época invernal, solían dormir al igual que esos bichos tan grandes y peludos que roncaban en cuevas. Para él esto era un problema, su cuerpo no podría guardar la calor durante muchos días con aquellas temperaturas.

Volvió a entrar rápidamente en el árbol,  le gustó ese hueco en cuanto lo vio, amplio, seco y casi confortable, lástima que no se le ocurriese llenarlo de comida antes de irse a dormir.

Los kender no medían más de una cuarta, con lo que la idea de irse andando a través de la nieve ya estaba descartada,  además resulta que cuando despertaban de su letargo, ya no dormían hasta la vuelta de los fríos. Por eso Num tenía el rostro un poco pensativo,  aunque en verdad no solía preocuparse demasiado, todo en la vida tenía su significado. Se volvió a acomodar en el hueco del árbol y se dispuso a comer unas cuantas castañas que llevaba en el bolsillo.

Y la oscuridad se fue adueñando de la luz que colaba por el agujero del tronco. Su mirada comenzó a temblar, en parte por el frío, el de fuera y el de dentro, y por otra parte por los recuerdos que se amontonaban en su cabeza. Sonrió,  estaba contento, pues había valido la pena, se esforzó un poco y estirando las piernas se acercó a mirar el cielo. Al asomarse, el frío le golpeó el rostro. Allí estaba, el infinito y sus adornos, se recreó viendo Centauro jugueteando con la Cruz del Sur, sería un buen lugar para ir, quién sabe.

Con sus últimas fuerzas, le pidió a la ventisca que lo subiese a jugar con las estrellas, quería saltar de unas a otras, cambiarlas de sitio, crear nuevas constelaciones. Y así,  con su traviesa  sonrisa, se quedó dormido.

Amaneció un nuevo día, y después otro,  y así siguieron, pasando a la carrera, hasta que los hilos de nieve se fueron convirtiendo en vida para la tierra. Toda la comarca se fue cubriendo de verde y aromas a reflejos de júbilo lo iban llenando todo.

Y ocurrió que, ese año, las voces que navegaban sobre el viento comenzaron a contar una historia nueva, que en la llanura Perdida hay un árbol con el tronco blanco, y que de sus variopintas ramas cuelgan unos  frutos que  parecen estrellas.

 

Mª Carmen Jiménez Aragón

ERES FRÍO

No te culpo

por tratarme con frialdad,

es tu esencia, ya lo sé,

no es rencor, ni es maldad.

Pero no me culpes

si trato de evitarte

y mis manos buscan siempre

algo para olvidarte.

Sé que tratas de agradarme

a tu medida y albedrío,

mil estampas regalarme

de nieves, lluvias y frío,

que te empeñas en imposibles,

el paso del tiempo congelar,

y aunque con algodones blancos me cubras

mi amor no conseguirás.

Yo quiero color en mi vida

y salir de este frío infierno,

no me lo tomes a mal,

pero no me gustas, Invierno.

 

 Cande Molina Mostazo

¡QUE ALGUIEN PARE EL INVIERNO!

Introduzco las llaves en la cerradura y abro la puerta, el olor a vainilla y canela me gusta,  me descalzo los zapatos y camino con ellos en la mano hasta el salón. Pongo mi disco preferido  y me voy directa al baño, vengo helada y calada hasta los huesos, el invierno ha entrado fuerte y hace un frío de tonos grises. Abro la ducha, el agua caliente empieza a salir,  me sumerjo debajo de ese chorro de gloria y respiro cada gotita de vapor, mi cuerpo empieza a coger  calor. Me quedo un rato debajo de la ducha,  hasta que mi temperatura me devuelve  a la vida. Me pongo mi pijama de franela, entro en la cocina y me preparo una rica infusión. La música sigue llenando  de notas la casa y yo canto y  bailo al son de ellas. Me dirijo al salón y enciendo la chimenea, mientras doy pequeños sorbitos a mi taza, pongo las manos en las llamas del fuego y jugueteo con ellas, me gusta mirar sus movimientos y su festival de colores y disfruto escuchando sus pequeños fuegos artificiales, su crepitar hace que me relaje. Me siento en el sofá y me pongo la manta de lana. Miro por la ventana y el vendaval y la lluvia han creado todo un espectáculo y yo estoy en el mejor palco, justo detrás del cristal es, sin duda, el mejor lugar para disfrutarlo. La casa empieza a destellar besitos de calor. Y apareces tú, buscando cobijo, y te metes entre mi manta, entrelazas tus pies con los míos  y nos vamos acariciando el frío y así, saboreando el  hogar, dormiremos en un cálido abrazo. Que alguien pare el invierno, para  que tú me sigas calentando las manos .

 

Gema Frías Luque

HIPOTERMIA

Era una fría noche de invierno, tan fría, que la nieve cubría gran parte de los troncos de los árboles del jardín. La chimenea estaba encendida y en casa había un ambiente realmente acogedor, la decoración de Navidad y la mesa recién puesta, a la espera de que llegaran todos.

En un descuido, Coco se esfumó persiguiendo al gato del vecino, salí corriendo tras él sin demora para traerlo de nuevo a casa.

Perdí el norte, la preocupación, las voces y la oscuridad me costó  un traspies y sentí desvanecerme por unos minutos.

Aunque mi cuerpo dejó de sentir frío podía oír el silbido del viento, segundos después volví a gobernar mi cuerpo de nuevo.

Tras volver a casa me di cuenta que Coco ya me aguardaba en el escalón para volver a entrar, como si nada hubiera pasado.


Laura Pérez Alférez

EL MEJOR REGALO

Acurrucada en su placentero cobijo, remolonea unos minutos entre las tibias sábanas.

Cada nuevo día es un regalo aún sin desenvolver, una sonrisa ilumina su rostro imaginando qué obsequio le traerá esta mañana de invierno.

Por un momento cree oír como gotean las canales del tejado

Agudiza el oído, tal vez chispee. Fantasea con olores a petricor y azahar.

No, debe ser el avezado viento de arriba, que le hará tiritar por el frío que trae del norte.

O quizás el aire ulule suave con la tibieza del sol de invierno.

La voz de su madre la vuelve a la realidad entre ensoñaciones de olores y colores.

De un salto sale de la cama y abre, impaciente, la ventana de par en par.

¡No da crédito a lo que ven sus ojos! ¡El regalo de este nuevo día es fantástico!

El huerto se ha cubierto con una gran alfombra blanca. Los naranjos están cuajados de azahares y entre tanta blancura se asoma tímidamente alguna naranja.

Una preciosa postal de Navidad, real.

Increíblemente ha nevado en el pueblo.

 

Mª Jesús Campos Escalona

PIELES  DE INVIERNO

Amanece ....

El helor de la mañana

me refresca  la cara,

la escarcha se rompe

al paso de mi pies.

 

Respiro profundo,

me llega al alma,

me descubres desnuda,

con la piel blanca y cenicienta,

como el hielo que refresca la boca más  sedienta.

 

Sendero de árboles mudos, 

y flores con gotas de plata.

Luces de Navidad a lo lejos, 

cientos de besos  de almohada.

 

Susurros prohibidos, 

sueños prometidos,

rubor de mejillas

frente  al fuego  de una chimenea:

Mi sentir y el tuyo,

esencia única,

elixir de las mil maravillas,

¡tu boca junto a la mía!

 

domingo, 13 de diciembre de 2020

CUÉNTAME UN CUENTO.

ÉRASE UNA VEZ...

En el día de hoy nos hemos propuesto un nuevo ejercicio y por tanto un pequeño reto que nos ayudará a manejarnos mejor en este mundo de la escritura. Hemos realizado una breve narración, real o ficticia, cuya trama es protagonizada por un grupo reducido de personajes y con un argumento relativamente sencillo, es decir, un cuento. Éste se caracteriza por su corta extensión y solamente se podrá reconocer un clímax. Su objetivo es despertar una reacción emocional impactante en el lector.

Esta actividad nos aporta una nueva experiencia, que espero que sigamos desarrollando en próximos artículos, con el objetivo de continuar aprendiendo y seguir adquiriendo destrezas que nos ayuden a poder controlar las palabras.

Estos ejercicios son planteados por los miembros del Club de Lectura y Teatro de La Viñuela, sus correcciones son realizadas entre todos, posiblemente se nos escapen algunos errores, desde que iniciáramos este espacio, ya contábamos con esa premisa, pero no fue causa para que paráramos en el empeño de aprender. Además compartimos estos ejercicios con el objetivo, sobre todo, de fomentar la cultura y que disfruten leyendo nuestras historias tanto como nosotros lo hemos hecho escribiéndolas.


Gema Frías Luque
LA HORMIGA PACA.
Paca se había criado en el seno de una familia de hormigas muy trabajadoras, estaban esperando el buen tiempo para salir de su hormiguero y recolectar provisiones que las pudiera mantener resguardadas durante todo el invierno. 


Paca era muy presumida y se pasaba todo el día mirándose al espejo, retocando sus antenas y sacando lustre a su brillante panza. 

Cuando todos se disponían a buscar comida, ella no encontraba nunca el momento apropiado y se quedaba esperando a que llegaran todos a casa. 

Los días eran largos y aburridos pero Paca siempre encontraba algo que hacer, unos días dormía, otros días se daba largos baños de espuma blanca, otros los pasaba contemplando su belleza en el espejo… 

Su madre no iba a darle más caprichos y ya le había hecho varias advertencias. 

Tras acabar el verano, llegaron las primeras gotas de lluvia y Paca ya tenía todas sus provisiones agotadas, y se le ocurrió ir a robar provisiones como había hecho siempre… a la llegada del invierno todas las hormigas estaban en sus casas y ella extrañada volvió de nuevo a su espejo. 

Se hizo la valiente y salió de aquel agujero en busca de algo que comer… al poco de caminar sin rumbo, una fuerte lluvia la desorientó por completo no pudiendo encontrar el camino de vuelta. 

En ese momento entendió lo importante que era estar acompañada para no sentir miedo, y entendió que si hubiera recolectado comida, ahora pasaría tranquila el invierno en su hormiguero. 

Viendo que pasaban los días y Paca no volvía a casa un grupo de hormigas salió a su rescate encontrándola malherida junto a una diminuta roca. La cogieron el volandas y la llevaron de vuelta a casa. 

Todos querían pensar que había aprendido la lección y compartirían con ella sus provisiones, siempre que ella prometiera colaborar más en la recogida de alimentos del siguiente año. 


Rafa Núñez Rodríguez 
CUATRO SENTIDOS 
Al norte de la palabra norte, había un pequeño pueblo, Naok, un tanto especial. Algunos de sus habitantes nacían de una crisálida envuelta en nieve y silencio, si, y eso era lo peculiar. Porque llegaban al mundo sordos del oído izquierdo, y por el derecho, no oían nada. 

Era una parte pequeña de la población, pero muy estimados por los demás, o quizás un tanto envidiado. De bebés eran los primeros en sentir la piel de la naturaleza, notaban sus achaques y hasta sus momentos de cólera. Iban creciendo arropados por la sabiduría de árboles centenarios, jugaban en sus ramas a volar por los infinitos, esos que las estrellas les ocultaban. 

Se alimentaban de los fugaces rayos de sol y recolectaban frutas de llamativos colores. De vez en cuando, veían esa mezcolanza de tonos marrones que manchaba el paisaje, o sea, el poblado. Allí iban a cambiar cosas, aunque estaban poco tiempo, porque no entendían a aquellos que no sabían hablar con la piel. 

A veces hasta se enamoraban entre ellos, eso es lo que ocurrió con Tux y Effa. Eran la luz que pintaba sonrisas en los animalillos esos que siempre estaban tiritando de frío. Siempre cogidos de la mano, viviendo con sus corazones tatuados en la mirada. 

Todo parecía tan idílico, que algo había que hacer para que cambiase eso. Resulta que esos seres tan peculiares, con los años iban comenzando a oír. No hablaban, porque no querían, no les hacía falta, pero si les iban llegando los susurros de la vida. 

Al principio se sentían un poco nerviosos ante tantas quejas. 

Ellos seguían queriéndose como agua que baja por la comisura de los labios, pero su interior comenzaba a ensuciarse por palabras baladíes, sensaciones extrañas, y un ardor que les atravesaba el cuerpo. 

Pues si, ese era el lastre que arrastraban estos peculiares seres. 

Tux y Effa, seguían enamorados, pero cada vez sus cuerpos estaban más sucios de ruidos vacíos de contenido, de palabras hipócritas y frías. Y aunque intentaban huir, adentrarse en el alma del bosque, hasta las nubes hacían llover palabras superfluas. El ruido les arrugada la piel por dentro, y las uñas se les ponían blancas. 

Y al final pasaba lo que estáis pensando. 

El ruido se tragaba a tan bellas criaturas, las voces vanas, y las palabras sin argumentos, si, esas envenenaban los cuerpos puros. 

Pero bueno, nos queda un hilo de esperanza, porque resulta, que al sur del sur, allí donde nace la calor, hay una aldea, y nacen los bebés en unas burbujas de calma. 

Y resulta, que todos ellos nacen sin poder articular ningún sonido. 


M.ª Carmen Jiménez Aragón 
LA BÚSQUEDA DE SIMÓN 
En una lejana región del mundo, vivía Simón, un pequeño animalillo, pacífico y juguetón. Se acercó a una charca cercana para distraerse un rato con los demás, pero notó que los compañeros lo ignoraban y le daban de lado. 

-No queremos jugar contigo, eres un poco rarito- le dijeron al final los pececillos de colores-. No tienes branquias ni escamas como nosotros. Este no es tu lugar. 

Pero a simón le encantaba vivir en el estanque, se sentía como pez en el agua, no entendía por qué no lo aceptaban allí. Y mientras vagaba por la orilla se encontró con una familia de castores que construía una presa con grandes troncos. 

-¿Puedo ayudaros? Mi cola es igual de fuerte que la vuestra y nado rápido como vosotros -insistió Simón. 

-No te preocupes, nosotros podemos. Además con ese hocico no podrías roer ni una ramita y tus patas son torpes para agarrar los grandes troncos. No encajas en este oficio. 

Desolado, Simón se alejó sin saber hacia dónde dirigirse. Parecía que no encajaba en ningún lugar. Cerca de la desembocadura del río encontró un gran nido con cuatro huevos en su interior y recordó que su tía había tenido huevos de donde después nacieron sus primos. Parecía que por fin había encontrado a alguien como él, no se retiraría del nido por nada. De pronto los cascarones empezaron a resquebrajarse y asomaron unas pequeñas cabezas alborotando. Simón no cabía en sí de ilusión, los bebes tenían su mismo pico. Pero esa alegría se disipó al momento, cuando vio el resto de sus cuerpos.
 
-¡Mis pequeños patitos! Habéis llegado al mundo justo a tiempo -. Gritó mamá pata, sorprendiendo a Simón por la espalda. 

-Señora Pata, ¿puede decirme si yo soy un pato igual que ellos? 

-No querido. Aunque tu hocico se parezca, tu cuerpo no está cubierto de plumas y tus cuatro patas no se parecen en nada a las nuestras. 

Desesperado por encontrar a alguien que lo comprendiera y se asemejara a él, siguió rio arriba buscando, hasta que encontró a un extraño ser, de cuerpo menudo y acorazado y pequeñas pinzas junto a su cabeza. Pero lo que más le sorprendió fue ver el aguijón que se afanaba en pulir. 

-Yo tengo un aguijón igual junto a mis patas, podríamos ayudarnos cuando se presenten problemas… -propuso nuestro amigo. 

-No necesito tu ayuda, soy un animal solitario. Me basto y me sobro para cazar o defenderme, -farfulló el escorpión. 

-Entonces no soy igual que tú. -Y agachando la cabeza siguió su camino. Con gran tristeza, lloró y se desahogó: -No encajo con nadie, soy tan rara que no me parezco a ningún animal del mundo. -Entonces escuchó una voz conocida, era la señora Canguro. Lo tranquilizó y le explicó que él era un ser único, un animal extraordinario entre toda la fauna de la tierra y que, precisamente el ser un ornitorrinco, le daba la facilidad de adaptarse a diferentes medios y hacer cosas que los demás no podían hacer. 

-Siempre debes ver el lado positivo de todo, porque solo así conseguirás quererte y ser feliz contigo mismo. No trates de parecerte a nadie, sé tú mismo y verás que es la manera de que los demás acepten que ser diferente no debe asustar, sino que te hace un ser excepcional. 


Dori Calderón Ramos 
EN UN PLIS PLAS 
Ocurrió que Doña Sosiego estaba un poco inquieta, entraba y salía con muchas prisas de su casa, y sus vecinos comenzaron a preocuparse por ella. 

-Buenos días Doña Sosiego, ¿Qué le ocurre? La noto preocupada. 

-Tengo muchas cosas que hacer hija, voy tarde. 

Así era por la mañana, al mediodía y a la tarde, y ya por la noche la pobre mujer estaba tan cansada que dejó de acudir a la reunión de vecinos que cada noche se celebraba en la plaza del pueblo. 

Esto alarmó aún más a sus vecinos, pues en Villaquietud eran muy esperadas las historias de Doña Sosiego, tenía un don especial la mujer para contar cuentos, sin ella, nada sería igual. Así que decidieron hablar con Plis, que era un experto en solucionar problemas rápido. 

Plis esperó aquella tarde a Doña Sosiego en la puerta de su casa dispuesto a ayudarla, pero la mujer al verlo exclamó: 

-¡Quita, quita hijo, no me puedo entretener, tengo muchas cosas que hacer! 

Plis quedó preocupado, y llamó rápidamente a Plas, pues aquello era urgente, Doña Sosiego había perdido la calma, necesitaba ayuda.
 
Los dos se plantaron en casa de Doña Sosiego e insistieron en ayudarla, y ella no tuvo más remedio que aceptar. 

Doña Sosiego descubrió que las tareas compartidas son más fáciles de hacer, pues con la ayuda de los chicos en un plis plas terminaron, y aquella noche todos los vecinos de Villaquietud volvieron a disfrutar de una maravillosa historia de Doña Sosiego. 


Rafa Núñez Rodríguez 
LA FLOR DE LA AMARGURA. 
Nació junto a un camino de tierra, de esos que están llenos de baches y algunas piedras descarriadas. 

Iba creciendo casi sin querer, con pequeñas hojas que ni tan siquiera tenía un verde hermoso, más bien parecían amarillentas pinceladas del sol, que envolvían un escuálido tallo. 

La llamaban la flor de la amargura, quizás porque la veían tan simple y poco agraciada, que ni tan siquiera tenía un nombre hermoso. Simplemente una vez al año se coronaba con unos pétalos tan blancos como el polvo del camino, sin perfume ni aroma que diese recuerdo a momentos especiales, así era ella, una flor que nacía junto a caminos olvidados. 

Pensaréis que estaba triste y apenada de su situación, nada más lejos de la realidad. 

Ella se sentía el eje de su pequeño mundo, a veces los pájaros le cantaban melodías que correteaban a través del viento y le peinaban las hojas. 

Cuando el silencio de la noche lo envolvía todo, las constelaciones asomaban sobre su cabeza, iban desfilando como pequeñas luciérnagas que bailaban para ella, hasta que al amanecer, arropada por pequeñas gotitas de rocío agachaba un poco los hojas para descansar. 

Así pasó los años, a veces, paseaban cerca de ella personas a las que les latían los corazones tan fuerte , que asustaban a los ratoncillos silvestres, y resulta que llevaban grandes ramos de hermosas flores, de colores que solo se podían imaginar, y sin embargo ella las miraba con pena, porque lo habían perdido todo, solamente serían un momento en la mirada de unos enamorados. Mientras, ella bebería de la lluvia en los días de otoño, se acurrucaría bajo la nieve esperando los días de primavera, y entonces allí, dejaría caer pequeñas partes de su alma, que nacería junto a un camino de tierras con baches, y allí serían eternos. 


Laura Pérez Alférez 
SI PUEDES 
Dos hermanas estaban jugando a orillas de un río cuando, de pronto una de ellas, la mayor, resbaló y cayó al agua, hundiéndose ante la mirada angustiada de la más pequeña, que desde la orilla, veía como la corriente arrastraba a su hermana río abajo. Quería gritar, pedir ayuda pero un nudo en la garganta le impedía articular cualquier sonido. ⁣ 

Por un instante pensó lanzarse al río y rescatar a su hermana, pero el recuerdo de una escena, que se había convertido en cotidiana, la paralizó. "La canija", ese era el mote con el que la llamaban sus compañeros en la escuela, la niña debilucha que no servía para nada, la que nunca destacaba en clase de educación física. 

El recuerdo de esa imagen, tan frecuente, de burlas e insultos, la hizo sentirse diminuta e insignificante por un momento. 

En seguida se sobrepuso, su hermana no sabía nadar y estaba en peligro de ahogarse. Corrió y corrió saltando sobre las piedras, siguiéndola. A pesar de que el curso del río era bastante rápido, consiguió adelantarla. 

La niña vio una rama de un árbol en el suelo. Intentó levantarla, pero triplicaba el tamaño de la pequeña. Apretó los dientes y con sus pequeñas manitas la arrastró con todas sus fuerzas hasta el borde del agua. En un último esfuerzo agarró el tronco por un extremo y lo arrojó al cauce del río, sin soltarlo. 

Inquieta veía aparecer y desaparecer a su hermana, por momentos, bajo el agua, mientras le gritaba que se agarrase a la rama. De pronto su hermana mayor, en un instinto de supervivencia, alzó los brazos asiéndose con fuerza al tronco. 

La pequeña tiró y tiró con brío del extremo de la rama, impulsando toda su energía hasta arrastrarla a la orilla. 

Algunos vecinos, avisados por los gritos llegaban corriendo. Todos se preguntaban cómo aquella niña tan pequeña había sido capaz de salvar a su hermana, era imposible que hubiese tenido la fuerza suficiente para arrastrar aquel enorme tronco. 

Cuando le preguntaron como lo había conseguido, la niña les miró con sus grandes ojos y les dijo: 

- No había nadie cerca que me dijera que no podía hacerlo. 
 
 
Rafa Núñez Rodríguez
CONSPIRACIÓN EN EL BOSQUE

Fue una mañana de esas en las que las nubes se envuelven en oscuridad y el sol refleja rayos grisáceos.

Resulta que me crucé con una libélula gigantesca, de las de cuerpo dorado, tropezamos en el aire y, casi sin querer, caí en aquel extraño paraje. Atribulada entre el golpe y los arañazos de las zarzas, me di cuenta que tenía un ala completamente partida. Nerviosa, comencé a palpar el frío musgo y, después de buscar y rebuscar, me di cuenta que no encontraría mi varita mágica, al menos no allí.

Desesperada, miré en rededor, árboles casi eternos, que todavía parecían dormir y el silencio de la tierra donde no llega la claridad del sol, me entró  un pequeño escalofrío. Nunca había tenido ningún percance al volar y menos cerca del bosque de la melancolía.

A lo lejos, comencé a escuchar sonidos extraños, risas estridentes que parecían bajar de las nubes y de pronto pequeñas explosiones y vuelta a las carcajadas. Entonces  me empecé a imaginar lo peor, posiblemente la libélula se había llevado mi varita y temía que estuviera cambiando el alma del bosque a su antojo.

Sin pensarlo dos veces, me quité uno de los lazos de mi cintura, sujeté el ala a mi espalda y me dispuse a caminar en pos de aquellos extraños sonidos. Mis piernas eran menuditas y no estaban acostumbradas a caminar, tardé más de lo deseado en llegar a la encrucijada donde los sonidos eran aún persistentes. Me escondí tras el tronco de un gran sabio anciano e intenté escuchar qué tramaba esa libélula y sus compinches.

-¡El color verde de las hojas nunca me ha gustado! –Escuché hablar al insecto y, con un movimiento enérgico de una de sus patas, apuntó con la varita al follaje del bosque. Al momento todos los árboles tornaron sus copas en grandes nubarrones negros, hojas color carbón arrugadas y sin vida, que asustaron a los pajarillos.

Para eso quería mi varita, el accidente no fue fortuito. La comadreja y la víbora jaleaban la gran proeza que la libélula conseguía cada vez que la agitaba y estallaban en carcajadas las tres.

-¿Viste los peces del río como salían del agua al darse cuenta que no podían respirar y se ahogaban? –Preguntó jocosa la víbora.

-¿Viste las ranas como rugían en vez de croar? -Dijo jocosa la comadreja.

Al ver el panorama tan desolador empecé a buscar por todo el bosque mi propio ejército de ayudantes con la misión de salvar el bosque y poner a salvo a todos los animales, seres imaginarios y fantasía.

Una vez reunidos comenzamos a trazar un plan, debíamos cogerlos por sorpresa y la estrategia estaría cubierta por aire y tierra.

Esperamos hasta el anochecer para desarrollar el plan, aprovechando que a esa hora los tres dormían un enjambre de abejas cubrieron sus cuerpos de miel, mientras peleaban por escapar dos osos muy golosos avistaban su gran festín.

Nuestras amigas las luciérnagas nos guiaban en la oscuridad de la noche, y mientras los osos se relamían de su dulce banquete, las ardillas y los topos me ayudaban a buscar mi varita, era urgente encontrarla y reparar el destrozo hecho por la loca libélula.

De árbol en árbol saltaban las ardillas, nerviosas  por el nuevo color de las hojas y los topos miraban en todos los agujeros que encontraban en la tierra, los ratones buscaban bajo las hojas caídas, pero la varita parecía habérsela tragado la tierra.

Hicimos una pausa, más para pensar que para descansar. El rugir de las ranas se hacía insoportable y el bosque sin pájaros no parecía ya bosque. Las mariposas decidieron subir a lo más alto de los árboles a buscar la varita, y nos disponíamos a retomar la búsqueda cuando vimos acercarse a uno de los osos que, tras su festín, se limpiaba los dientes con un palito, un palito reluciente que me resultaba familiar, muy familiar ¡Mi varita mágica! No tenía tiempo que perder.

¡ZAS! Lo primero reparar mi ala, necesitaba volar, había muchas cosas que arreglar.

¡ZAS! Lo siguiente devolver el verde a las hojas de los árboles ¡Volvemos a respirar!

¡ZAS! Las ranas vuelven a croar ¡Qué locura de bosque! Todo vuelve a la normalidad, y yo volaré con cuidado para no tropezar con libélulas traviesas que todo lo quieren alterar.