Queridos
lectores, os traemos un nuevo ejercicio en el que hemos creado historias teniendo como base unas palabras
clave que, entre todos los miembros del club de lectura, proponemos. Nos
hemos marcado el reto de escribir algo, ya sea microrrelato o poema, en
el que incluirlas de manera que pasen lo más desapercibidas posible y
creando a la vez una historia con una trama que atrape vuestra atención.
Así cada uno puede expresar, a su manera, lo que esas palabras le
trasmiten. Hemos relajado nuestra norma de no exceder de 150 palabras
para que cada compañero pueda expresarse libremente.
Los
términos clave en esta ocasión son: ATISBAR, AGUERRIDO, SOPONCIO, CUCAÑA, NAVIDAD, LEGADO, ANODINO y ESBOZAR. A veces, las palabras que
nos parecen más inusuales y difíciles de colocar en una historia, son
aquellas que se convierten en el centro de la trama sin quererlo. Y aquí
tenéis el resultado de este nuevo ejercicio. A nosotros nos ha parecido
muy enriquecedor y lo hemos disfrutado. Esperamos que os guste.
Montse Martínez Serrano
RAÍCES
Julia terminó de esbozar el retrato y lo colgó en la
pared con una chincheta de color azul. Se sentó en la cama y se abrazó a un
cojín mientras miraba con soponcio como su madre se escondía detrás de aquellas
burdas líneas. Lo siento mamá, por mucho que lo intento no consigo recordarte.
Se dijo apretando los dientes para no llorar. Apagó la luz, cerró los ojos y se
aferró al almohadón. El tiempo se había acabado y el aguerrido cuadro no era
más que un boceto inacabado. Y entonces sintió el olor a cilantro y canela
colándose por el resquicio de la puerta. Su anodino padre estaba cocinando el
plato preferido de su mujer, cucaña al horno. La puerta se abrió y Julia atisbó
un haz de luz que iluminó su habitación.
- Hija, es hora de cenar.
- Feliz Navidad -. Sollozó Julia saliendo de la
penumbra con el retrato en la mano.-Lo siento papá, no logré pintarla como te
prometí.
- No te preocupes cielo, tú eres su mejor legado.
Eres igualita a ella.
Mª Carmen Jiménez Aragón
EL NUEVO ESPÍRITU NAVIDEÑO
Klaus esbozó una mueca de desaprobación al ver a su
sobrino poner en práctica su propia política de reparto y mientras, escondidos
junto a él, los Reyes Magos de Oriente se reían disimuladamente. El principiante
acababa de colocar una cucaña en la plaza del pueblo y colgó en lo alto los
regalos, cada uno con el nombre de un niño.
El legado que Klaus le dejaba al joven Santi
requería mucha responsabilidad y no estaba seguro de que esta Navidad fuera a
resultar del todo normal. Él había tenido una aguerrida vida dedicada a los más
pequeños, pero Santi Klaus no era tan maduro, solo buscaba diversión. Resignado
a su anodina jubilación, sabía que no le quedarían muchos años por sufrir ya
que intuía que su sobrino lo remataría cualquier día de un soponcio. Y en eso
pensaba cuando atisbó a Baltasar ayudando al joven a untar la manteca al
tronco. ¡Maldito traidor!
Gema Frías Luque
SORPRESAS POR NAVIDAD
Yo estaba esperando, impaciente, poder participar en
el grupo de niños que trepara a la cucaña, un bonito divertimento que nuestros
padres nos regalaban en Navidad por no dar un ruido en todas las fiestas. Un
legado que heredábamos de nuestros padres y abuelos.
Yo era un aguerrido experto en el arte de buscar la
forma de llevarme la mejor parte y esbozaba un plan que en muchas ocasiones
resultaba prácticamente perfecto. Solo tenía que tener en cuenta un anodino
detalle para atisbar decenas de imprevistos, que más de una vez me ocasionaron
pequeños soponcios, de pensar que me quedaría sin el deseado premio.
Conseguí trepar más rápido que nadie y, al tirar de
la cuerda, menuda decepción cuando me sacudió en la cara un gallo despeluchado.
Lourdes Sánchez Jiménez
LO QUE DIO LA NOCHE
La música de las olas le hacían entrar en un sopor continuó, decidió dar un paseo para que el aire lo despejase. Aterido por el frío de esa noche, andaba por la cubierta del barco como si de un funambulista se tratase. Se acercó a sus compañeros que estaban desayunando antes de que el amanecer les regalara un nuevo bonito día en alta mar, estos mantenían una controvertida discusión sobre cómo sería la pesca de hoy. Él les aconsejó paciencia, ofreciéndoles su alcuza para que se sirviesen.
Llegó el momento de recoger las redes, sus compañeros discutían con razón..., la noche no había dado para mucho..., unas cuantas doradas, algunos jureles y un puñado de chanquetes.
Dori Calderón Ramos
¡FELICES FIESTAS!
Como cada Navidad nos encontramos en el patio
interior del cortijo de mis abuelos, en el centro del mismo se ve la cucaña que
ha sido mi pesadilla la noche anterior, solo pensar que me tocase a mí de nuevo
trepar por ella provocó una noche sin descanso.
Puedo atisbar una mirada de regocijo en el rostro de
mi primo Faustino cuando mi abuela decide que solo los nietos mayores optaremos
a participar en la prueba, la cual es un legado que pasa de una generación a
otra y que mis abuelos no están dispuestos a que se pierda.
No puedo evitar esbozar una sonrisa cuando el abuelo
señala a Faustino como el elegido este año, ya tiene edad suficiente para ello,
dice el abuelo, y su aguerrido aspecto se transforma en anodino y tembloroso,
hasta el punto de sufrir un soponcio.
¡Y heme aquí, con mis manos grasientas un año más y
haciendo honor a la tradición familiar mientras mis primos me jalean, y yo
deseo que se acaben las fiestas!
Rafa Núñez Rodríguez
GALLETAS SALADAS
La lluvia me vuelve a despertar mientras coloco bien
el plástico que tapa mis pies, las primeras gotas ya cuelan por el agujero de
la tienda. Esbozo un gesto de rabia, durmiendo soy feliz, ahora toca otro
anodino día de rugidos de estómago y miedos a perder la nada que me queda.
Recuerdo a mi hermano, hace cuatro días que se lo
llevaron al campamento médico, tenía
mucha fiebre y deliraba, desde entonces no sé nada de él, no me dejan llegar al hospital. Recuerdo las
últimas palabras de mamá antes de irnos diciendo que nunca nos separásemos, y
siento que les he fallado a ambos.
Me decido a levantarme. Al ponerme de pie, noto el
barro entrando por los agujeros de las suelas de mis botas, la tienda es un
lodazal de tierra mojada y desesperación. Quizás ese sea el legado que dejaré a
la familia que, seguramente, no tendré.
Al salir, atisbo a mi alrededor, nadie extraño. No
confío en los rostros que me miran desde lejos, siento que me pueden robar el
camastro.
Mientras camino hacia las colas del hambre, veo a un
hombre sentado, con los ojos vacíos y una suave sonrisa, ya ha dejado este
infierno, otro sueño roto.
Me imagino
una cucaña con un gran premio forjado de
sueños intangibles, de ilusiones, lleno de esperanzas, y miles de personas que
intentamos trepar a él, ansiando un cachito de futuro, de luz. Espíritus
aguerridos que pensábamos que teníamos derecho a ser felices, y ahora una
amalgama de huesos bañados por lágrimas, aquí en la isla de Lesbos, olvidados por las personas buenas.
Tras dos
horas en la fila, me saca de mis pensamientos el casco azul al darme la cajita
de la ración. La cojo como ese a bebé que respira por primera vez y me voy
rápidamente a la tienda. Por suerte todo sigue igual. Entonces me siento, la abro
y casi me da un soponcio, aprieto los dientes y una lágrima cae a su interior. Un
paquete de galletas, una botella de agua y una tarjeta que en varios idiomas
dice Feliz Navidad.
Mª Jesús Campos Escalona
El LEGADO
Atisbé, a lo lejos, a
mi abuelo Manuel. Lo imaginé como un
aguerrido indio, de un poblado salvaje, trepando por una cucaña con una
facilidad bestial. Cuando estuvo en lo más alto, coronó con cuidado una bandera de tela en la que se podía leer: "Nunca te rindas."
El sonido del viento me
trajo la voz de mi madre. Tocaba
bañarse. Vaya rollo.
Todo tenía que estar perfecto para la cena de Navidad. Estaban a punto de darles un soponcio.
Con anodino andar, me
dirigí hacia el salón. ¡Odiaba
cuando me peinaba como si me hubiese
relamido una vaca! Mi silla de ruedas
chocaba con todas las esquinas,
todavía me estaba adaptando
a ella. Al entrar, mi madre me
dijo que había llegado un paquete
para mí. Lo abrí con avidez y no
podía creerlo. ¡Era un trozo de bandera!
Esbocé una sonrisa al leer la nota
que ponía. "Juntos, lo
conseguiremos".
Laura Pérez Alférez
ADRENALINA
Está aburrida, otra tarde sola sin nadie con quien
jugar. Falta poco para Navidad, de hecho hoy es el día del sorteo de la
lotería, lo sabe por el vecino, el buen hombre es mayor y algo duro de oído,
siempre pone la televisión a todo volumen, ya sabe todo el barrio en qué número
ha caído el gordo.
En casa ya se respira ambiente navideño, el salón
está engalanado con brillantes espumillones y un gran árbol de Navidad, legado
del abuelo, preside la entrada a la habitación. Incluso le parece oír el alegre
tintineo de un villancico que proviene de la calle.
Una idea le hace esbozar una amplia sonrisa, aunque
está sola, una tarde anodina y aburrida puede convertirse en muy divertida.
Con precaución para no ser descubierta, se encamina
despacio al armario de la habitación de sus padres. Está a punto de hacer algo
para lo que no tiene permiso, quiere descubrir los regalos ocultos y abrir una
esquinita, solo un poquito, el papel del envoltorio para adivinar que hay
dentro.
Traviesa y emocionada por la adrenalina de ser
descubierta, otea con cautela a su alrededor para cerciorarse de que no hay
nadie más en la casa, si la descubre su madre seguro que le da un soponcio.
Es demasiado pequeña para alcanzar el estante de
arriba. Esto va a resultar más difícil que alcanzar el premio de la cucaña del
aguerrido Faustino.
Subida a una silla busca entre la ropa con cuidado,
ilusionada y un poco culpable, pero muy poco. Al fondo divisa algo de colores
brillantes.
-¡Papel de regalo!
Sus pequeñas manos lo alcanzan con dificultad, por
el tamaño y la forma hay muchas
posibilidades de que hayan acertado.
-¿Será lo que pedí en la carta a los Reyes Magos?
Cande Molina Mostazo
LA MEJOR NAVIDAD
Si cierro los ojos puedo ver la casa de mis padres
en plena Navidad. En un rincón del salón ya está el tiesto lleno de arena de la
obra de la vecina para que, cuando llegue mi padre del trabajo, clave el árbol
de Navidad. Cada año el árbol está con
menos pelos, eso solía decir mi hermana que estaba deseando que mis padres
compraran uno nuevo, pero como siempre,
ajustando el sueldo para llegar a final de mes y encima con los gastos extras
navideños y los regalos de los Reyes Magos. En fin, que mi madre decía “bueno
no está muy mal, ya el año que viene
compraremos uno, de todas formas este año los que he visto no me
convencen…” Y así todos los años seguíamos con el mismo árbol despeluchado,
pero que, una vez que lo adornábamos, era el árbol más bonito del barrio. Al
pie del tronco se ponía el pesebre con el nacimiento, la mula y el buey.
Mi padre cogía la bandeja de color de plata y la
llenaba de mantecados, polvorones, rosquillos y la colocaba en la mesa, con una
botella de anís y cuando venía alguna vecina o vecino pues mantecado y copita
de anís que había que degustar.
Mi hermano atisbaba la caja de bombones y después de
zamparse unos cuantos solía decir “este bombón está anodino, no tiene licor”. Seguramente
era para que nadie cogiera de ese modelo
y se quedarán todos para él, muy listo el muchacho.
Me acuerdo un año que mi vecino hizo una rifa de un
jamón y, como no vendió el número agraciado, pensó en hacer una cucaña. Que
risas, no había manera de llegar al jamón. Todos los años, y casi el mismo día,
en televisión daban la película titulada "Mujercitas", todo un
clásico de la Navidad. Narra la vida de cuatro hermanas, su padre se alista a
la guerra de Secesión y ellas, junto a su madre, se hacen verdaderas aguerridas
para poder salir adelante. Una película protofeminista que, año tras año,
estábamos deseando verla, era uno de los acontecimientos más esperados. Mi
hermana y yo con pañuelo en mano, porque vaya lloradera cogíamos y, entre
suspiro y nudo en la garganta, polvorón va polvorón viene.
A la mañana siguiente me despertaba el olor a pan
tostado, a la cebada del café y los niños del colegio de San Ildefonso, con su
cante de números y pesetas. Sí, pesetas, porque aún los euros no estaban ni en
el pensamiento de ser inventados. ¡4.586, veinte millones de pesetas…! Mi padre
mirando sus décimos a ver si algún número coincidía, que ilusión, al final nos
conformábamos con tener salud, otro año nos tocará. Y mientras almorzábamos,
veíamos el telediario y nos emocionábamos con los agraciados, que vaya
soponcios se llevaban algunos al comprobar que tenían el gordo. Contaban cómo y
por qué lo compraron y nos hacían participes de su alegría y buena suerte. Así,
sin darnos cuenta, llegábamos a Nochebuena, mi madre se pasaba todo el día cocinando, preparábamos la mesa con el mejor
mantel y sacábamos los platos y la cubertería para las ocasiones especiales,
que “pechá” de comer. Y, de postre, un popurrí de turrones. Recuerdo a mis
padres en la mesa mirarse y esbozar una sonrisa, sin duda el mejor legado que
nos han podido dejar… Vivir y disfrutar en familia de la Navidad.