Saludos, lectores y lectoras del mundo. Aquí tenéis otro ejercicio de microrrelatos por palabras. En esta ocasión podremos utilizar cualquier tipo de texto literario: reflexión literaria, poema, microrrelato,... Para quien no conozca las pautas a seguir, las recordamos:
-Elaborar un texto de 180 palabras como máximo (sin contar las del título), en el que incluyamos nueve términos, elegidos al azar por miembros del club.
-Cuando la palabra elegida es un verbo (amar, verter, salir...), puede utilizarse en cualquier forma, tiempo o persona.
-Si la palabra elegida no especifica su función, podremos utilizar cualquiera de las que nos proponga la RAE para dicho término.
-Si el término elegido es un sustantivo o adjetivo podremos usar tanto el masculino como el femenino, y en singular o plural, según convenga.
-No se debe utilizar una palabra cambiándole la función que debería desempeñar en el texto (el adjetivo "amable" no se puede sustituir por "amabilidad", porque entonces lo convertimos en sustantivo).
Para este ejercicio los términos elegidos han sido: AZARARSE, ADMIRACIÓN, MADRUGADA, PULSIÓN, HUELLA, HOJA, CATERVA, ENCUENTRO, ALDEA y LAUREL.
Os animamos a practicar este ejercicio y nos encantaría que compartierais con nosotros el resultado. Si os apetece podréis verlo publicado justo debajo de estas líneas, junto a los nuestros, que os servirán como ejemplo. Que disfrutéis de la lectura.
Julia de las Heras Jiménez
ARENA BLANCA
En la madrugada ella comenzó a azararse: se perfumó con aceite de laurel y adornó sus cabellos con una hoja de acanto. Salió al encuentro de la caterva que a lo lejos se veía en la aldea; caminaba de prisa, deseando llegar para sentir de nuevo su admiración por el violinista que le dejó huella en otro tiempo, donde su amor y la verdad eran su norte. Recordó con lágrimas la pulsión de aquel día, en el concierto en aquella playa.
Gema Frías Luque
REVELACIONES
En la madrugada de una fría noche de invierno, en una aldea que parecía olvidada, Tomás empezó a azararse al descubrir una huella fresca junto a su puerta. Sintió la extraña pulsión de seguirla, aunque la noche pesaba tanto como un secreto.
La hoja que encontró clavada en el suelo no era de árbol, sino de acero, manchada con sangre de tono oscuro. La recogió con admiración y miedo. Las marcas lo guiaron hasta el viejo laurel, donde una caterva de sombras susurraba en silencio.
Al acercarse, reconoció voces: eran sus vecinos, reunidos en secreto. El encuentro no era casual; hablaban de él. Decían que Tomás había muerto días atrás.
Confundido, corrió de vuelta a casa. No había puerta. No había cama. Solo polvo.
Entonces entendió que la huella no era de alguien más.
Era suya. Y lo había guiado hasta descubrir que él era el recuerdo que la aldea intentaba enterrar.
M Carmen Jiménez Aragón
PELIGROS OCULTOS
Él siguió las huellas entre la maleza, la había perdido de vista.
Ella, sin reprimir la pulsión, agarró una piedra puntiaguda, por si tenía que defenderse, y se escondió en la oquedad de un tronco. En medio de aquella selva, la admiración que había sentido por su reciente conquista comenzó a azararse de madrugada, cuando descubrió los atronadores ronquidos en su primera noche durmiendo juntos.
Pasó horas oculta.
Una caterva de indígenas pasó despavorida muy cerca de su escondite. Tembló.
Cuando por fin reanudó la huida, descubrió una aldea inquietante, unas danzas entorno a una hoguera, un puchero enorme, hojas de laurel y romero a puñados, una mano que sobresalía del caldero… Y pensó que el primer encuentro con el pretendiente de turno no podía haber tenido mejor final, le habían ahorrado trabajo. Y prosiguió su camino.
Laura Pérez Alférez
EL LAUREL DE LA CAÑADA
Le producía cierta admiración la paciencia que parecían tener los padres de aquella caterva de chiquillos molestos, el ruido le estaba dejando huella en su oído maltrecho.
La fastidiosa situación lo llevó a azararse tanto que sintió la pulsión de levantarse y cantarles las cuarenta al hatajo de pilluelos, pero respiró hondo, tomó aire y salió del recinto.
Caminó hasta su lugar secreto y allí permaneció hasta la madrugada, la mejor terapia para serenarse era el olor de las hojas del laurel de la cañada.
Por esta vez, mañana, no habrá otro entierro en la aldea.
Rafa Núñez Rodríguez
VIDA
Es difícil no azararse en la vida,
que no haya madrugadas frías,
sombras grises bajo los ojos,
gotas de rocío surcando la piel.
Es difícil,
pero juguemos a ser aldea
y no ciudad,
a pisar sobre las huellas de otros,
sentir la pulsión que nos hace latir,
reír,
sentir,
que sea todo una caterva de emociones,
algunas lógicas,
otras simplemente necesarias.
Es difícil,
pero cuando te encuentro,
no es admiración lo que siento,
más bien calma
y el mundo cambia,
las hojas vuelven a los árboles,
los pinceles manchan el paisaje con acuarelas,
los pájaros recuerdan las canciones que te gustan
y no hay laurel suficiente para premiar esta victoria compartida.
Es difícil,
pero...

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