miércoles, 20 de septiembre de 2023

XXII. ME LO DICES O ME LO CUENTAS


    


Saludos, lectores y lectoras del mundo. Aquí tenéis otro ejercicio de microrrelatos por palabras. Para quien no conozca las pautas a seguir, las recordamos: se trata de elaborar un microrrelato de 180 palabras como máximo (sin contar las del título), en el que incluyamos diez términos, elegidos al azar por miembros del club.

    Dependiendo de la función que desempeñe cada término deberemos tener en cuenta las siguientes objeciones: los verbos pueden utilizarse en cualquier tiempo y persona, incluso en sus formas no personales; los sustantivos y adjetivos pueden usarse tanto en masculino como en femenino, y en singular o plural, según convenga; lo que no se debe hacer es utilizar una palabra cambiándole la función de debería desempeñar en el texto (el adjetivo "amable" no se puede sustituir por "amabilidad", porque entonces lo convertimos en sustantivo); igualmente no se puede utilizar "amado" cuando la palabra a incluir es "amar", deberíamos poner, en todo caso, "había amado" (tiempo verbal).

    Para este ejercicio los términos elegidos han sido: DEMARRAJE, EVITERNO, ARTICULAR, MATOJO, MAGNOLIA, KOALA, ENGAÑO, GRACIAS, CUSCURRO  y BRUJERÍA.

    Os animamos a practicar este ejercicio y nos encantaría que compartierais con nosotros el resultado. Si os apetece podréis verlo publicado justo debajo de estas líneas, junto a los nuestros, que os servirán como ejemplo. Que disfrutéis de la lectura.

Ulla Ramírez
MAGNOLIAS
    La puerta se cerró tras nuestros pasos. El espacio se hizo pequeño, íntimo. Un ramillete de magnolias adornaba la cama de aquella habitación.
    Él dijo lo que había guardado durante diez años para mí: palabras de amor. Yo, sin embargo, no logré articular ninguna. Preferí la magia, un poco de brujería. El encantamiento.
    El beso no se hizo esperar. Me abrazaba como un koala a su tronco. Me abandoné. Tembló la tierra bajo mis faldas.
    Al día siguiente, nos contamos todas las historias pendientes y pedimos nuestro helado favorito: turrón con cuscurros de almendra.
    Murió la princesa Diana aquel día en un demarraje fatal. Llegué dos jornadas tarde a la noticia. También murió mi gata y la enterraron bajo un vulgar matojo; di las gracias.
    No pudimos evitar otros encuentros, pero el amor era furtivo. Al engaño siguió la culpa y diciembre trajo el frío de la despedida.
    —¿Hasta cuándo? —preguntó.
    —Hasta el infinito, —le dije.
    Y aquí estoy, fiel a la cita, con un ramillete de magnolias frente a su tumba, diez años más tarde.
    Hay amores eviternos.
    Espérame.

Maite de la Cámara
A PUNTO DE IR AL OTRO BARRIO
    Pasando por la plaza, miraba las resilientes magnolias que habían sobrevivido a la última reforma y al eviterno ego humano.
    En la tienda compré pan, arrancándole un cuscurro. De repente, el demarraje de un porsche me dejó sin articular palabra. Di gracias por que no me hubiera atropellado. El coche se había empotrado contra el escaparate. A mis pies saltó un cristal con un cartel de una actuación del Koala mientras el conductor, con un matojo de cabello en la mano, gritaba: ¡brujería!
    Al día siguiente el periódico anunciaba:
"Conductor del siniestro, víctima de engaño de una secta nacional".

Rafa Núñez Rodríguez
AZULES
    Un eviterno cielo, pintado por los demarrajes de aviones perdidos. Mis ojos mirando el azul, los tuyos perdidos en las nubes, en sus divertidas formas. Te ríes señalando un algodonoso koala y tu risa es así, como brujería que hechiza con un engaño a todo lo malo.
    Entonces, bajo la mirada a tu rostro, a tu boca, ese cuscurro de pan que cuando salgo de la panadería no me resisto a probar. Y tú sigues jugando, encontrando luz en todo lo tenue, convirtiendo los matojos que adornan el camino en alegres ramos de magnolias. En momentos así me suele pasar..., me quedo mudo, mi cuerpo solo puede articular un leve temblor y vuelvo a mirarte a los ojos. Y tú te das cuenta, me abrazas y, mientras, me susurras al oído:
    —Gracias por pintar las nubes para mí.

Laura Pérez Alférez
CONVERSANDO
    Ayer, paseando por mi barrio, creí oír risas infantiles, carreras y demarrajes por los callejones. Y pelotazos en la plaza, de pasadas tardes eviternas, que acababan con balones requisados y tiritas en las rodillas.
    ¿Puedes creer que hasta oí rumor de agua y croar de ranas? Sabes que el río está seco, pero lo que me hizo dudar fue que un koala me observaba desde la rama del eucalipto.
    Al pasar bajo la acacia centenaria, reviví historias de brujería, engaños y otras gracias que acababan en carcajadas.
    Por la ventana de la antigua escuela salía un hilillo de humo que apestaba a tabaco y hasta oí al maestro articulando verbos. Visualicé, en bucle, momentos a la sombra del patio, olor a magnolias y otros matojos.
    Añoré los días de lluvia, las gachas con cuscurros y miel. El Paseo, futbolines, baile el domingo por la tarde, intercambio de tebeos, novelas de westerns...
    Fue un 'déjà vu' del barrio de mi infancia, el día sopló nostalgia.
    ¡No preguntes! Sé lo que piensas cuando mueves la cola: "mi humana está perdiendo la olla".

Benet da Silva
BROMAS DE LA IMAGINACIÓN
    Salí de la panadería y, junto a la puerta, un mendigo pedía limosna. Le entregué la bolsa con una barra de pan, después subí a mi vehículo y, a causa de las prisas, perdí el control de este en un peligroso demarraje. Como consecuencia, arrasé a un orgulloso matojo de magnolias y rocé una figura de koala tallada en piedra. Esta, como si de un acto de brujería se tratara, frunció el ceño. Quizás fuera un engaño de mi imaginación, pero en ese instante entré en una eviterna repetición de la escena. Cuando al fin se detuvo y pude abrir los ojos estaba en una habitación de hospital y un artilugio de plástico no me permitía articular palabra alguna. Miré a mi alrededor hasta detenerme en la mesita, encima de ella vi una nota que decía: ¡Gracias! Junto a esta, un cuscurro de pan y una estatuilla parecida a la del jardín que destrocé. Aunque, en esta ocasión, me guiñó un ojo.

Monse Martínez Serrano
FUERZA INTERIOR
    Ahí, donde acaba el cuscurro de tu boca, al borde del demarraje de tu cuello, una fría gota resbala hacia un eviterno frenesí. Sin articular razones, vomitas un matojo de lágrimas y cientos de penas, como magnolias marchitas a la sombra del magnolio, se derraman por el suelo que fue tu techo de cristal.
    Con sus engaños, encerrada en una jaula de romance y desdén, la brujería del mal amor te enmudeció y ensordeció como a un pequeño koala a medio hacer.
    Despierta Joey, arrecia una voz que regurgita desde tus tripas y te pone en pie. Capitaneada por ella, sales por la puerta limpiándote de la cara los restos nauseabundos de una relación bulímica. Y siguiendo el ocaso de la luz, de espalda a las sombras, pones rumbo hacia el infinito.

Encarni Navas
GRACIAS
    Quizá, pensaba, fue la brujería de aquel ramo de magnolias, que él le ofreció como símbolo de eviterna amistad, lo que la llevó al mayor demarraje de su existencia. Su forma, sus colores, su significado debieron de arraigar entre los matojos de su jardín, entre los cuscurros de su alma como una burla, un engaño a un destino que, lentamente, se consumía aletargado, como el continuo sueño de un koala.
    Aún no llegaba a entender, pero no podía dejar de articular un profundo gracias.

Mª Carmen Jiménez Aragón
LA LIGA KOALA
    De nada sirvió el demarraje desesperado de los traficantes para huir de los guardias. Cuando les dieron caza y los bajaron del vehículo, el teniente atizó un puñetazo en la nariz al cabecilla sin articular palabra. Tras ponerles las esposas a todos y abrir la parte trasera del furgón, confirmaron que la superstición sobre los koalas y su poder de sanación sería el eviterno problema para la supervivencia de la especie. Los lugareños seguían creyendo en el engaño que se extendiera siglos atrás de que, con brujería, los ojos de koala eran capaces de conseguir la inmortalidad a una persona.
    Gracias a Dios este se había salvado por los pelos y roía, con total parsimonia, un cuscurro de pan que encontró en la jaula. Lo liberaron en la Reserva, junto a las magnolias y los matojos, ajeno al peligro que podría acecharle en cualquier momento.

Lidia Molina Zorrilla
DEPRESIÓN POSPARTO Y PENSAMIENTOS SUICIDAS
    El ramo de magnolias que tu familia trajo al hospital en un jarrón con agua es lo único que parece mantenerse en pie todavía en tu casa.
   Tu bebé aferrado a ti como un koala adorable y tú, ensangrentada y ojerosa, no te reconoces en el espejo, con el pelo hecho un matojo y en la barriga más que un cuscurro y muchas grapas.
    Dicen que hay que hablarlo, pero llevas días sin articular palabra. «Solo» manteniendo dos vidas a flote.
    La culpa, «¿qué será de él sin mí?»
   El dolor en el pecho se te antoja eviterno. Las ganas de acabar rápido en demarraje frente a la terapia y el esfuerzo que supone seguir adelante.
   Fantaseas, unas veces no te lo piensas dos veces y desechas el pensamiento al instante. Otras te lo piensas dos, cuatro, seis, ocho y diez mil veces.
    Pero siempre eliges quedarte y la vida te da las gracias.
Pronto, con ayuda, te parecerán un engaño estos días. Habrán pasado como por arte de brujería. Mientras tanto, no estás sola.

Dori Calderón Ramos
EN EL PODIO
    Con el último cuscurro del avituallamiento en la boca, decidí hacer demarraje y escaparme del pelotón. Hacía días que sentía el eviterno deseo de recibir el ansiado ramo de magnolias en la meta y, gracias al engaño en el botiquín, conseguí escaparme.
    Ya en la meta como ganador, no pude articular palabra, aquello parecía cosa de brujería, subido en el podio vi como un koala se acercaba a entregarme un matojo de hierbas secas... ¡Dios, debí tomarme solo una pastilla!

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